¿Es necesario que cuarenta millones de personas se tengan que bancar a
la presidenta haciendo su discurso en la cena del día de la industria,
cuando ni el tema ni la fecha ni el contenido son de trascendencia
fundamental para el futuro de los argentinos? ¿Acaso Cristina cree que
realmente el 54% que la votó está tan pendiente de todo lo que dice y
piensa que cada vez que tiene oportunidad hace uso de los servicios de
la cadena nacional? ¿o cree que el resto la quiere ver porque no la
votó y ahora piensa que debería haberlo hecho? De un modo, de otro, no
importa. Lo que sí debería creer es que no puede obligar a todos los
habitantes del país a tener que verla y escucharla durante una hora, en el horario central de la televisión de la noche, la más
vista por todos.
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- Preferís Venus o Cristina?
- Cristina, me encanta su prosa. |
Se podría imaginar a un trabajador, empleado de una fábrica por
ejemplo, que se rompió el lomo todo el día, y lo único que quiere es
llegar a su casa, compartir un rato la mesa con la familia y ponerse a
ver un poco de tele, por ejemplo, Graduados, porque le recuerda a cómo
era en su época de estudiante. Pero no, se tienen que bancar un
discurso que no es para él, ni para su familia. Y esto se puede llevar
a millones de casos.
Alguno dirá que es potestad de la presidenta usar la cadena nacional
para hablarle al pueblo. Claro, le contestamos, pero precisamente este
punto se detalla en la nueva de ley de medios, que dice que es para
ser usada en situaciones graves, excepcionales o de trascendencia
institucional. El día de la industria no lo es para todos los
argentinos. Lo será para el sector, pero los que estaban sentados
frente a ella en esa cena, y a quienes se dirigía finalmente, son la
minoría y no tienen nada que ver con el resto de los habitantes del
país. Mucho menos los representan.
Una periodista dijo irónicamente que "no compro dólares, no salgo de
viaje, y me banco pagar y pagar para que todos estemos mejor. Sería
mucho pedir ver a Capusotto?". El que quiera ver a Hijitus que lo
haga, y si preferís mirar a Panam, también, pero Cristina no te puede
obligar a escuchar a Cristina.
Pensar que todos estamos interesados en escuchar sus discursos como
para cerrar todas las transmisiones de aire de ese momento es medio
ególatra de su parte. Medio porque miramos la situación con un solo
ojo. Ahora, si además analizamos que parte de su discurso fue un video
sobre la industria que finalizaba con una placa con las siglas GenIA,
argumentadas en la síntesis de lo que llamarían Generadora de
Industria Argentina, pero que en realidad hacía una clarisima alusión
a la señora presidenta (recurso poco menos que creativo de algún
publicitario poco menos que chupamedias del bastón presidencial), nos
damos cuenta que se estaría creyendo un ser superior, digno de nuestra
admiración. En relación a esto, es importante dejar claro que no, que
no es así. Lo que llamamos admiración la tenemos para Messi, que es
realmente sobresaliente y no requiere autoelogiarse. Ni tratar de
estar en el centro de la escena. Ni mucho menos forzarlo. Sí le
tenemos respeto a la presidenta, todo el respeto, el mismo que pretendemos de ella.
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El pueblo reclama lo importante: ¡Queremos ver a Tinelli!!! |
Las quejas contra el uso de la cadena nacional en el prime time
salieron de todos los sectores. Políticos, lógicamente, de la
oposición, que lamentablemente le quitan autenticidad al reclamo
porque siempre están en contra, aún cuando las decisiones del
oficialismo comparten valores y principios con estos. De artistas,
perdiodistas, comunicadores, en fin, todos los que de una manera u
otra se vieron afectados en su canal de vinculación con la gente,
cortado abruptamente por voluntad del gobierno y sin motivo
suficiente. Hasta salieron algunos vecinos de barrios porteños a
protestar haciendo sonar las cacerolas porque les cortaron sus
programas preferidos. No imaginamos a los seguidores de Peter
Capusotto, también cortado el lunes por la cadena nacional, dándole a
las ollas con la cuchara.
Lo único no tan malo es que los discursos de Cristina son cortos, de
una hora nomás este último. Cortos comparados con los Fidel Castro o
los de Chávez, que se despachan en varias horas sin siquiera pasar por
el baño. Aunque es poca la gente que dura una hora en un café
escuchando hablar a otra. O pensá a quién escuchaste, solo escuchaste,
durante una hora seguida.
No criticamos el contenido del discurso, creemos que hay enfoques
positivos y no tanto, pero tampoco somos quienes para juzgarlos. Lo
que no queremos es ser obligados a ver y escuchar lo que el gobierno
pretende. Porque tarde o temprano, se convertirá en una tortura nacional.