Mostrando entradas con la etiqueta varanasi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta varanasi. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de junio de 2012

Trip Tour: Omm en Varanasi


En la India conocí a dos personajes fantásticos. Silvia, una española de treinta y tantos años que en ese momento hacía cinco que vivía entre Varanasi y Rhishikesh y que me introduciría en el yoga. El otro, un suizo, Danny, que su vida de electricista en Geneve se interrumpía cada seis meses para dedicarle cuatro a internarse también en Rhishikesh para el estudio del hinduismo, los otros dos meses restantes del año los pasaba perdido por la India recorriendo todos los lugares posibles. Hacía seis años que lleva esa vida.
Con Silvia nos conocimos en Bangkok y el destino nos cruzó de nuevo en Calcuta. Y allí nos encontramos con Danny, que ya era amigo de Silvia.


Ellos conocían la ciudad casi de memoria, lo cual me favoreció. Me llevaron a lugares y rincones que se escapan de los circuitos turísticos, donde la india se muestra auténtica. Muchas veces dura, sin filtros, cruda, enferma, pobre. Otras, generosa, simpática, dinámica, con rarezas culturales en las comidas y en lo cotidiano. La mezcla de estas cosas hacen a este país único. Un lugar del que no se puede pasar de largo como si nada. India es muy fuerte.
Interesante compañía de
camino al hotel.
Los tres, después de varios días, partimos en tren a Varanasi. Creo que fueron dieciséis las horas. Llegamos tarde y cansados. En la estación nos esperaban alrededor de diez personas a cada uno con la idea de llevarnos a algún hotel, prometiéndonos las maravillas mas grandes de la ciudad. Nosotros ya teníamos un lugar a donde queríamos ir pero eso era muy difícil de explicar a la multitud, por lo tanto la caminata hacia donde íbamos se transformo en una procesión. Durante cuadras nos siguieron muchos, al final del camino éramos los tres y cuatro de los más tenaces que esperaban que no tengamos lugar en nuestro hotel y así, mostrarnos los suyos. Todo esto fue en una hora de caminata por la congestionada ciudad. Ya estábamos en Varanasi cansados, sucios, sin luz ni agua (se había cortado en toda la ciudad). Nada fuera de lo esperado, estábamos en India.


A la mañana desayuné con Danny ya que Silvia no estaba. Llegó a las nueve y nos contó que venía de yoga. Silvia se especializa en yoga y conoce a todos los grandes maestros de la ciudad, que son los mejores de la India. Yo no conocía a nadie, ni tenía idea de lo que era. Así que le dije que quería aprender yoga.
La primera sorpresa fue que al día siguiente me despertó a las cinco y media y me llevó a una casa de tres plantas que quedaba muy cerca de la hostería. Era una más de las tantas que forman los laberintos de la ciudad. En la planta baja había un restaurante típico con aire acondicionado (me enteré más tarde, nunca había funcionado pero los turistas veían los carteles, el armazón del equipo y entraban a comer, después ya era tarde). En el primer piso era donde vivía la familia (madre, padre, hijos, esposas de los hijos y abuelos), y arriba la sala de yoga. Era un cuarto grande, blanco, en las paredes nada, solo en una, recuerdo ahora, que estaban los pergaminos y diplomas del maestro entre medio de dos ventanas finitas y largas que iban prácticamente del piso al techo y daban a un patio arbolado de donde se escuchaban los gritos de los monos. De pared a pared, un gran colchón cubría toda la habitación.


Shami, antes de que llegaran los
bomberos para desanudarlo.
Shami - llamémoslo así porque ahora no me acuerdo el nombre -, fue el encargado de enseñarme los movimientos de yoga, los ejercicios se prolongaron durante dos horas y que me dejaron agotado. Mi primera sensación no fue muy positiva, pero entiendo hoy, que esto tenía que ver por algún pre-concepto que durante la misma clase se iba diluyendo.
Los dos días que siguieron fueron iguales, salvo que mi estado físico iba mejorando y me cabeza se relajaba y, a partir de estas dos cosas, el cansancio al final no era tan terrible. Al cuarto día de ir, me aprendí a respirar, aclaro que esto no quiere decir que antes me ahogaba por la calle porque me olvidaba cómo se respira, sino que me explicaron cómo sentir el aire y retenerlo con distintas partes del cuerpo. También a controlar los tiempos de inspirar y exhalar, cómo manejar por medio de la respiración los momentos de nervios o de agotamiento. Fue sin duda la mejor de las clases. La quinta y última fue una mezcla de todas, nutridas de consejos de alimentación, posturas y comportamientos. El significado del Omm y la importancia de meditar.


Ramón en la última clase.
Después de las clases quedaba listo para irme a dormir, relajado a más no poder. El tema es que Shami - tal vez era Somit-, después de los ejercicios nos hacía relajarnos mediante un relato muy profundo y monocorde en el que manejaba los tiempos de su historia y sin que uno se diera cuenta quedaba como ido, ni dormido ni despierto, una sensación increíble.
Mi experiencia no fue muy amplia pero sirvió por lo menos para ver de qué se trataba esta práctica tan milenaria y tan importante dentro de la cultura asiática. Hoy valoro más que nunca esos momentos ya que hicieron de prólogo de mis semanales clases de yoga.
Al día siguiente partí en un repleto colectivo hacia Katmandú, fueron trece horas de calor, incomodidad, olores, tierra, paisajes, pasajeros, animales y sobre todo el constante recuerdo del yoga, ya que lo que más quería era relajarme. Pero entendí que para poner la mente en blanco en un viaje en India iba a necesitar no menos de 5 años de práctica.



Ramón Herrera 

jueves, 3 de mayo de 2012

Trip Tour: los dueños del amanecer.

En el sagrado río Ganges la vida pasa y pasa. Es en Varanasi donde para un poco, toma fuerzas y sigue bañando las costas Indias. Luego, se reparte y muere en el Océano Índico.

Amanecer en el Ganges.
Varanasi es una de las ciudades sagradas de India, adonde llegan peregrinos de todo el país, algunos a tomar simplemente un baño para mejorar su presente, otros a esperar la muerte para que su cuerpo o cenizas sean arrojadas al Ganges y facilitar su futuro.
La costa es vigilada por grandes edificios de más de dos mil años, de los que se desprenden escalinatas que caen como cascadas por pequeños pasillos entre los muros viejos, marrones, esos que hicieron la historia de la ciudad. Llegan al río o se transforman en rampas o plataformas. Todo tiene una función y en todos lados hay gente, como en toda India.

Inicio de las plegarias
En mi primer día vi uno de los amaneceres que más me gustaron de mi vida, estaba en uno esos edificios a las cinco de la mañana viendo llegar a los boteros, escuchaba el golpe de la ropa recién lavada ser azotada contra las piedras para sacarle toda el agua posible, antes de ser estirada sobre las rampas, para recibir el sol. La neblina matinal todavía no se había ido y en la orilla ya estaban los primeros religiosos a punto de entrar o ya sumergidos en las aguas emitiendo sus plegarias. Atrás, el río sagrado. Atrás, la costa arenosa en donde todavía se veían los restos de algún fuego cerca de una tienda. Y más atrás, el Sol. Que se contenía, que tardaba en salir, que no quería que la noche y la oscuridad se vayan, que no quería descubrir la pobreza y la suciedad, que no quería despertar al que le costo tanto dormir sobre unos diarios tapado por un saco viejo. De fondo se escuchaba la música de algún templo. Los amaneceres en Varanasi son muy especiales.

Salí a caminar por la costa y sin quererlo, después de ver a la gente bañándose entre las vacas y los botes, purificando su seres, limpiando enfermedades y orando a sus dioses, me encontré en el crematorio. Las pircas en la costa funcionan las veinticuatro horas y están a la vista de todos, tres o cuatro cuerpos están siendo quemados a la vez y luego las cenizas son arrojadas al río. Solo en cinco casos diferentes los cuerpos son arrojados si quemar, se los ata a una roca y al agua. La soga se deshace al tiempo de estar sumergida, las conclusiones son obvias (tenía pensado antes del paseo bañarme al medio día, cosa que nunca llegué a hacer).

Descanso obligado, para todos.
Ese momento de tranquilidad y armonía que me emocionaba por la madrugada se fue perdiendo a medida que el sol crecía y me internaba en las laberínticas y estrechas calles de la ciudad. La temperatura alcanzaba los treinta y cinco grados y los olores se hacían cada vez más fuertes, las vacas buscaban la poca sombra que había y los lugares frescos no sobraban. Los cortes de luz son muchos por día y la idea de aire acondicionado no existe, sentarse en un barcito con sombra y con ventilador para cuando haya luz, es lo indicado para pasar las horas de calor.

Encontrar la espiritualidad en Benares, antiguo nombre de la ciudad, es la atracción para muchos turistas. Esa tarde me encontré con dos españoles que volvían de un templo muy enojados. Los habían llevado para enseñarles a meditar (previo pago de veinte dólares cada uno, que para India es una fortuna), y después de hacerlos entrar, sacarse los zapatos y sentarse en posición de loto, les dijeron que los esperen respirando bien profundo, que ellos iban a buscar al maestro, por supuesto, no volvieron nunca más.

De noche, sobre el Ganges.
La noche toma fuerza también sobre el río. Sobre las escalinatas se agrupa la gente a tomar té o simplemente a ver la luna. Las festividades de no sé qué, se estaban celebrando y los parlantes hacían llegar el sonido de las citaras y tambores. La noche era clara y a la izquierda en el horizonte se veían las luces del puente, mas acá, también a la izquierda, se veían las fogatas. El humo de las pircas cambiaba el ambiente. En el agua miles de velitas brillaban. Los muertos, los Dioses y el río guiaban el recorrido sobre la costa y las alejaban quién sabe hasta donde.

Varanasi, Benares o Kashi, es una ciudad que me atrapó, que me hizo volver a los dos años y quedarme mucho más tiempo, es un lugar donde los estados de ánimo varían según el momento del día, donde todo es difícil entender, donde el río manda y genera vida, donde la muerte está desdramatizada, donde nacieron las tradiciones.

Varanasi tiene al Ganges, y ambos son dueños del más profundo de los amaneceres.


Ramón Herrera

Una canción ideal para tener esta experiencia en Varanasi es Across the Universe, de los Beatles, en la versión de Fionna Apple, incluida en la película Pleasentville. Más abajo, el video.