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jueves, 13 de diciembre de 2012

Trip Tour: amigos de viaje


(nota en proceso)
Durante mis años de viaje coseché muchos amigos, tal vez cientos, hoy lamentablemente sigo solamente en contacto con solo uno. Mi etapa de viajero fue hce alrededor de diez años, el 90% de los mismos los hice solo, por lo cual a la fuerza o no, siempre conocía a otra persona con quien compartía desde una mera excursión a varios días de convivencia. Estos encuentros podían pasar en Europa o Perú, en Salta o en Vietnam, en cualquier lado, los amigos podían ser argentinos, peruanos o chinos. 
Uno de los primeros amigos que hice en mis viajes y con quien sigo en contacto permanente, lo conocí en París. Resulta que caminando hacia un albergue muy conocido escuché a un cordobés hablando en inglés con otro caballero, lo cual llamó poderosamente mi atención, ya que era al menos simpático, muy simpático diría, era una mezcla de Shakespeare y El Negro Alvarez. Con la oreja parada y unos pasos atrás, logré entender que se dirigían al mismo destino que yo, y comentaban que en el mismo ya no había casi camas. Por lo tanto y preso de la preocupación ya que era mi primer viaje solo y era la tarde casi noche, aceleré mi marcha y traté de sobrepasar a mis rivales. El cordobés me confesó años más tarde que él se dio cuenta de mi celeridad y que por eso ellos también apresuraron su marcha para que no me quede con uno de los pocos preciados lugares en el Albergue. El destino quiso que nos ubiquen a los tres en la misma habitación y que con Tomas (el cordobés) seamos amigos hasta la fecha. Fue la misma persona que me encontré de casualidad en la India ocho años más tarde. Anécdota ya contada en estas crónicas. 
En otra oportunidad en Perú, en pleno auge de Sendero Luminoso, me hice amigo de Sean, un profe de educación física fanático del fútbol y que hablaba a la perfección español. Con él nos fuimos tres días a Machu Pichu y luego coincidimos por varios más en la encantadora Cuzco. Los días de turista estaban difíciles en esa época en el país Inca, y más aún para un gringo como mi amigo, por lo tanto al ver el maltrato que recibía y el peligro que corría, en un ataque de generosidad extrema, le presté mi DNI por unos días ya que yo contaba con mi pasaporte y como nos veíamos a la noche para comer y compartir las vivencias de la jornada nadie notaría que era dos veces yo. El amigo se movió como pez en el agua siendo argentino por una semana. Hoy la verdad que no le prestaría mi DNI a nadie.
En Vietnam, me hice amigo de varias personas pero entre ellas de un Ingeniero alemán. Compartimos varios albergues en diferentes ciudades, y a la mañana nos reuníamos en el desayunador para hacer alguna excursión juntos. El tema era que la ingeniería mega estructurada diaria del amigo, se caía a pedazos conmigo en cada mañana cuando desde temprano yo llegaba a desayunar más tarde de la hora que habíamos quedado, cuando cambiaba los planes del día para ir a jugar al fútbol a la playa, cuando me paraba a comer frititos o un plato de fideos a las 4 de la tarde, o aquella vez que olvidé en mi habitación los ticket para un cruce en barco y lo perdimos para el otro día. Resumen, el tipo una mañana me esperó, me preguntó para que ciudad seguía porque él quería ir a otra en la que no estuviera yo. 
Otra vivencia más amistosa fue en Bangkok donde Isabel, una española de lo más agradable que me introdujo a un mundo de españoles residentes. lo cual me llevó a conocer diferentes tugurios y cuchitriles en las entrañas de la fascinante Bangkok. Bares de los más extraños perdidos en algún barrio periférico donde la única música era la de Bob Marley y Santana, donde vendían solo cerveza y otras cosas que no se comen ni se toman, sabíamos a qué hora llegábamos pero no a qué hora volveríamos ni como. O cuando me llevaban a los pubs de la zona top de Bangkok que nos trasladaban mentalmente a cualquier ciudad de Irlanda o Nueva York por un rato. 
Otra vez, en un colectivo en México, me tocó a mi lado un niño de más o menos 12 a 15 años, mi viaje era desde el Distrito Federal hasta Veracruz. Un viaje de cuatro horas que tardó seis y que sirvió para que mi nuevo amigo me indagara de cada lugar de mi itinerario por su país y de mis visitas por otras tierras. El niño cuando estábamos llegando comenzó con la idea de que esa noche me vaya a comer a su casa, que los padres lo iban a buscar y que no habría inconveniente de que cene con todos ellos. Yo la verdad que por la diferencia de edad y por mi condición de mochilero con pocos recursos creí oportuno negarme para no quedar mal parado, ya que el aspecto de muerto de hambre lo tenía sin lugar a dudas. Le expliqué al muchacho que tenía que irme derecho al albergue porque era lejos de la estación y que en otra oportunidad iría ya que seguro en la familia de él no habían preparado comida de más para mí y que yo comía mucho. No le gustó la respuesta, me baje del micro y cuando buscaba como ir al centro, se me acercó el padre de mi amigo diciéndome que el me llevaría a mi albergue después de comer y que por la comida no me preocupe porque el era vendedor de panchos y tacos. Así que me llevaron a su casa, que en la puerta tenía un carrito ambulante con sillitas de plástico en donde comí unos cuantos panchos envueltos en panceta y otros tantos tacos de los más ricos sabores. 
Las amistades en los viajes  son realmente efímeras pero intensas, uno siente que con la persona que esta en esos momentos o días compartiendo algo es su aliado incondicional y que puede confiar en un todo, como si lo conociera desde hace años, desde prestarle en documento por una semana a dejarse llevar a los más oscuros rincones de Bangkok.
Ramón Herrera

viernes, 23 de noviembre de 2012

Trip tour: Israel increíble!

Entré a Israel con custodia armada, (dos autos con soldados acompañaron el micro todo el
recorrido desde El Cairo hasta Jerusalén). Salí de Israel también con custodia armada, que me acompañó en el aeropuerto hasta que subí al avión como oportunamente conté mediante estas crónicas hace unos meses. El colectivo salió de un hotel cinco estrellas de El Cairo, antes de subir dos policías de Egipto revisaron el equipaje muy por arriba y después de ver los pasaportes nos pidieron que subamos. Una vez sentados y acomodados, se nos informó que debido a la situación nos iban a escoltar unos soldados israelíes todo el camino para evitar atentados. La pregunta "qué hago acá?" me incomodaba y se mezclaba con otra, "¿por qué no estoy en alguna playa de Alejandría mirando el Mediterráneo?". 
¿Foto tuneada? No, la única tuneada
es tu tía, la solterona. 
Mis dudas eran pasajeras a Dios gracias ya que, sin darme cuenta, estaba rumbo a Israel y me preparaba para ver el canal de Suez. Fué mas fuerte de lo que esperaba. Fué como un sueño surrealista, en el medio del desierto, en el medio de la aridez, de la nada. Ahí se veía pasar a un barco petrolero, por sobre las dunas. Se movía lentamente, imponente, imparable. Al ver el angosto canal, las imágenes mentales se aclararon pero el estado de asombro permanecía. El margen de costa a costa no era mucho mas grande que el doble del ancho del barco, un surco en el campo, una línea en un papel, raro por lo menos es como que por Corrientes y Córdoba pase un barco panamax, atrás un petrolero y mas atrás uno lleno de containers y autos. 
Delgada línea fronteriza. Muy ancha
diferencia cultural.
Pocos minutos después, la frontera. Ningún control en Egipto, miles en Israel. Los alambres de púa se perdían en el horizonte junto con las torres de control y los letreros de peligro -Alta tensión. Nadie sonreía ni se mostraba amable, todo era estricto, controlado. Cámaras, censores y perros me seguían y me decían claramente que estaba entrando en un estado en guerra. De hecho, cuando saque mi pasaporte, años antes de este viaje, lucía para la foto una exuberante cabellera que en el momento del viaje había sido dejada por un corte casi al límite de la pelada. Estas imágenes, paradójicamente, les causó mucha gracia a los empleados de migraciones de Egipto y una suma preocupación y contrariedad a los de Israel. Yo, en cierto punto, aún no entendía que estaba entrando a una zona del mundo que está en permanente alerta, en guerra. Me costó entenderlo, incluso hasta después de dejar Israel. Aún hoy. No entiendo las guerras. 
En Israel, hasta los boyscouts andan
con K 47, y siempre listos para usarla.
Siguiendo con mi viaje, lo primero que noté fue el contraste de colores. Me sorprendió que los amarillos más secos y ásperos se transformaran en verdes intensos y vivos. Las piedras se volvieron árboles y los caminos pedregosos del milenario Egipto se habían convertido en rutas pavimentadas y señalizadas. Ya no se veían tantos camellos, ni tiendas de lona sino autos limpios y paradores para el turista. Estaba hecho el cambio y muy bien marcado, las
diferencias eran claras, acá empieza y acá termina Israel. En Jerusalén me hospedé en la ciudad vieja. 
Llegando en otro colectivo a las cercanías de la puerta de Damasco, con toda la ilusión por entrar, pararon el colectivo unos policías y nos hicieron bajar a todos ya que en el medio de la calle habían encontrado un bolso sospechoso. Esperé atónito mirando imprudentemente, aunque desde lejos, toda la requisa del sospechoso objeto. Nada pasó y realmente como si nada, nos hicieron subir a todos y continuar sin ningún signo de histeria o temor. Acá me alojé en un hostel “Black Horse” en la parte musulmana de la ciudad. A metros de la puerta de los leones o de San Sebastián. Laberíntica, europea, fascinante. Armada por curvas y contra curvas, sonidos y aromas diferentes. 
La Masada, lindas vistas y mejores
historias.
Pasillos empedrados que parecen estar esperando otra cruzada. Llena de toldos de colores con distintos negocios, flores, Rosarios, Estrellas de David, Coránes, Biblias y todo tipo de souvenirs que el turista necesite. Histórica y disputada, referente para tantas religiones, algunas viejas y otras que se están gestando. Musulmanes, católicos y judíos la reclaman como propia llegando al fanatismo para conseguirla. La tensión se sentía y las armas se veían por todos lados. La sensación de libertad y espontaneidad del pasado Egipto (de donde yo venía), se había perdido como una palabra en un libro. La historia, los paisajes, la gente, me inquietaban, me sorprendían, me llenaban de emociones. Pero estos estados se veían opacados por otro, el de alerta. Igual, los días pasaron demasiado rápido y, como debe ser, uno se adapta. Recorrí todos los puntos de interés. Salteando algunos, escribo de otros. Antes de flotar como un tonel en el mar muerto, en la misma excursión, subí a ver el amanecer a Mazada y a maravillarme encontrando en cada paso una de las historias de las más fascinantes jamás imaginada. El honor y orgullo de ese pueblo es increíble, único, merece ser leído y estudiado. Tal ves por eso es tan emocionante lo que regala la naturaleza con las vistas desde Mazada. Tal vez, y siendo poético, cosa que sin dudas no soy, es para rendir honor a esa gente tan noble. 
Ramón, entre las charlas con los
locales, robaba suspiros a las
señoras con su zunga.
Caminé hasta el cansancio por Tel Aviv. Disfruté a más no poder los atardeceres en sus playas envuelto en algún partido de fútbol o en largas y amenas charlas con gente que vivía allí desde mucho tiempo atrás. Que me contaba sus experiencias diarias, sus miedos y sus alegrías. Otra de las cosas cotidianas que me encantaba ver eran los bailes en la calle. Vi muchos grupos de gente abrazada danzando y disfrutando cada acorde. Recorrer los mercados y probar cada uno de los frutos secos y dátiles es imperdible. Las nueces se llevaron mis palmas, no tengo dudas. Sin desperdicio, comerse en la calle un Shawarma, que es el día y la noche con los que se comen por estos pagos, o unas mini brochetes de cordero a la parrilla condimentadas magistralmente y acompañadas con un paquetito de Falafel. Recorrí Israel y me gustó mucho. Pero tristemente, la desconfianza y la guerra se mezclan en mis pensamientos cuando hoy la recuerdo o escucho sobre su gente y su tierra.

Ramón Herrera

jueves, 15 de noviembre de 2012

Trip tour: Don Carlos V


Estando en Madrid me decidí a ir a la fantástica y medieval Toledo. Pero aprovechando que las cercanías de la capital Española, son muy seductoras y estando con unos días de tiempo, no se puede ni se debe dejar de conocer el acueducto de Segovia, El monasterio del Escorial,  El valle de los caídos y por supuesto la milenaria Toledo. De esta última nos vamos a ocupar más tarde, ya que no puedo dejar de escribir unas líneas de los sitios que nombré y recorrí en un Fiat 147 blanco prestado o alquilado en Madrid, la verdad es que no lo recuerdo ahora.
Sin vergüenza, Ramón prepara
para su almuerzo en Segovia.
En Segovia, las palmas se las lleva sin duda alguna, el imponente acueducto Romano construido para llevar agua desde las montañas cercanas a la ciudad. Hoy en día es llegar y sorprenderse por esos inmensos arcos de piedra superpuestos que a simple vista tienen más de 30 mts. de altura y que, por lo que entiendo y lo que vi, no tienen ningún tipo de aglutinante o adhesivo que une las tremendas piedras grises que lo conforman. Ingeniería romana pura. Segovia, a su vez es muy famosa, como toda España, por su comida, en especial el cerdo, y sobretodo el cochinillo. Por lo tanto durante mi visita, busque un famoso y viejo mesón en el que desde sus mesitas de hierro amontonadas en la vereda se contempla el gran acueducto y que se especializan en cochinillo asado. Si sumamos el vaso de vino, la ración de cochinillo asado y una vista de las más imponentes de esta obra romana, junto a un mediodía soleado y a estar sentado en una mesita en la vereda sin tiempo ni horario, sin dudas se transforma en uno de los momentos que más añoro de mis viajes.
Tranquilo, viejo, le habría dicho Felipe
a Carlos, te estoy haciendo un pequeño
mausoleo con un baño y una cocinita.
Con el autito que me habían prestado o alquilado, seguí hacia El Monasterio de San Lorenzo del Escorial que fue construido por uno tales Juan Bautista de Toledo y Don Juan de Herrera, este último apellido me suena de algún lado. Es muy difícil describir la magnificencia de este edificio. Resumiendo mucho, pero mucho, resulta que lo mandó a construir Felipe II, el hijo del rey Carlos V. Entre otras muchas cosas, el tipo es conocido porque en su vasto imperio nunca se ponía el sol,  aparentemente por dos circunstancias: una, por la victoria ante Francia en la batalla de San Quintín y la otra, por la promesa de Felipe a Carlos, en días que agonizaba, que quería ser enterrado en las sierras de Guadarrama. Sin escatimar en gastos, Felipe mandó a construir los aproximadamente 34.000 metros cuadrados. Impactantes, cada uno de ellos tiene algo que vale la pena ver. Muchos lo nombran como la octava maravilla del mundo y muchos otros lo llamaban la boca del infierno ya que ante las muertes más rutilantes de la época, se veía en el Monasterio un perro negro de grandes dimensiones que recordaba a Can Cerbero,  el perro que custodiaba el acceso al Averno. Más tarde, se dice que los monjes agarraron suelto al gran danés de un cazador de la zona y se acabó el misterio, pero la leyenda sigue y a partir de ésta se multiplican por miles. En sus pasillos y salas se encuentran increíbles objetos, alfombras y cuadros de los más renombrados artistas europeos. Todo en este edificio es digno de admiración. Recuerdo que mi visita se extendió más de la cuenta y por eso me quedé a dormir esa noche en una posada cerca del Monasterio donde siguió de parabienes la gira con un infernal guiso digno del custodio del infierno.
La espada de Carlos V: ideal para
pinchar quesos y salamines cuando
estás lejos de la picada.
Otro de los sitios a visitar es El Valle de los Caídos, construido por Franco y ya nombrado en estas crónicas. Pero ahora si, Toledo. Llegar a Toledo es llegar a una ciudad de la cual no se sabe a ciencia cierta su edad, es llegar al lugar en donde entre otros dejaron su huella El Greco, San Juan de la Cruz, y el mismo Miguel de Cervantes Saavedra. La ciudad en sí parece una pintura. Sinceramente, lo que mas me atraía de la ciudad eran dos de los mas fantásticos cuadros que vi en mi vida. El Expolio y El entierro del señor de Orgaz, ambos de El Greco. Ambos geniales y esperaba ver desde hacía mucho tiempo. La otra cosa que me atraía, y con la mismas ganas, son las espadas, dagas, cuchillos y afines. Toledo también es famosa por acuñar estas armas por miles de años y yo no quería dejar pasar la oportunidad de comprarme algún souvenir. El día anterior, me había maravillado por la historia de Carlos V y su hijo Felipe. Por lo tanto, salí a la caza de la replica de la espada de Don Carlos. Después de seleccionar a mi vendedor y hacer el regateo correspondiente, adquirí una espada de más o menos un metro veinte de largo y que pesa unos tres kilos. Desde hace años colecciono cuchillos y ésta es una de mis más distinguidas preseas, es perfecta. Recorrí Toledo durante todo el resto del día y me volví a Madrid por la noche con mi trofeo.
Esto pasa, le dijeron en el aeropuerto,
pero ese walkman a casette se queda.
Al día siguiente salía para Nueva York. Era mediados del 2000. En el aeropuerto de Barajas me presenté con mi mochila y mi Espada al check in. La mochila se la despachamos, pero la espada la tendrá que llevar con usted a bordo. Fue la respuesta de la señorita que me atendió. En ese momento no era nada raro, por lo que viajé a NYC con mi tremenda espada posando a mi lado, dentro de la cabina. Dos años más tarde, en las mismas circunstancias me incautaron de mi mochila de abordo un cortaplumas suizo de solo cuatro centímetros.  Todo cambia, Toledo no.
Ramón Herrera.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Trip Tour: Balconeando por Hong Kong.

Nunca me dio tanto miedo estar arriba de un avión como cuando aterricé en el antiguo aeropuerto de Hong Kong, Kai Tak. Hoy en día la nueva terminal aérea diseñada por el Arq. Norman Foster y llevada a cabo por la republica popular China, es una de las mejores del mundo y la verdad que es un lujo verla desde el aire y caminar sus soberbias y magníficas instalaciones. Pero en el anterior no lo era.
Bella foto desde afuera, dentro del
avión era una licuadora.
Llegaba en un vuelo desde Tianjin y no sé quién me había alertado algo, pero no mucho. Día de tormenta con viento en Hong Kong. Por la ventanilla del avión, después de no ver nada, se presentó ante mí la ciudad y noté de inmediato que el avión se dirigía directamente hacia los edificios. Mi rango de miedo se puso en amarillo. Seguí mirando como el paisaje urbano que se acercaba cada vez más. De pronto, el piloto decidió hacer un giro por sobre el aeropuerto y comprendí el panorama. Viento, lluvia y una pista rodeada de edificios para un lado y de agua para el otro. Parecía finita como un cordón, mi rango de temor ya estaba en rojo.
Saluden a Li Chu, dice el piloto mientras
aterriza, señalando a una gordita que
 tiende la ropa en el balcón, y ella sonríe.
Nuevamente se preparó para aterrizar y cuando estaba a treinta metros, de nuevo se inclinó para arriba y otra vuelta en círculo. Aclaro que cuando uno está por aterrizar se ve prácticamente los gestos en la cara de la gente que vive en los departamentos cercanos al aeropuerto. El avión se sacudía como un licuadora y el pánico que había invadía hasta al más valiente. La tercera es la vencida, dice el dicho. En ésta, el capitán, haciendo gala de su muñeca, bajó el avión completamente cruzado, es decir que yo desde la ventanilla veía la pista entera mientras estaba a metros de aterrizar. Ni bien tocó el suelo, enderezó la nave parándola a metros del agua, ya que la pista es corta y termina inmediatamente en la bahía de Kowloon. Listo, seguía vivo.
El contraste de Hong Kong. A Ramón
le tocaría el lado oscuro.
Después de esta traumática experiencia, Hong Kong me seguiría sorprendiendo. Mi viaje para ese entonces era de más o menos 4 ó 5 meses y el dinero no sobraba, por lo tanto, siguiendo los consejos de mi guía Lonely Planet, me dirigí al albergue más barato en un edificio llamado Chungking Mansion. Era, creo, un piso 16. Realmente muy barato y tenía correlato con lo que ofrecía: a mi me toco en el balcón. Literalmente, en el balcón. Este tendría unos dos metros con treinta por otros seis y en ese lugar, en un costadito, habían puesto una cucheta. Claro que la cucheta estaba llena, por lo tanto a mi me tocó en un colchón tirado en el piso. Mi suerte estaba echada. No tenia muchos mas recursos para ir a otro lado ni tampoco energía. Pensé, me quedo acá y mañana veo. Lo que si vi esa misma noche era el estado de mugre que tenia el colchón, por lo tanto decidí desplegar mi bolsa de dormir para -5º en una temperatura de +35º, para que mi cuerpo no tenga contacto con la mugre impregnada. Ya no tenían mas sabanas en el albergue, así que otro de los recaudos que tomé ante semejante asco,  fue el de llegar de noche, y esto era para no deprimirme de la suciedad que había, ya que se veía menos porque en el bacón no había mucha luz.
Víboras, anguilas o lo que sea, todo
vivo y moviéndose, listo para comer.
Pasó un día y, halla querido o no, me acomodé. Salía a la mañana y recorría los distintos barrios, templos y negocios de la ciudad. Me maravillaba entrando y saliendo de los edificios más famosos que conocía por solo revistas y volvía a descubrir en todo su esplendor y magnificencia. Recorría las calles próximas al aeropuerto mirando anonadado lo cerca que pasaban los aviones de los departamentos. Encontré mercados de todo tipo. El de flores es increíble, la variedad de aromas y colores es algo nunca visto. El de comidas también me llamo mucho la atención ya que casi toda la mercadería se vendía viva y pasaba por todo el reino animal, desde un simple pollo hasta los pescados mas extraños que existen, especias, aletas de tiburón, verduras y frutos exóticos, de todo. Otra cosa fascinante de Hong Kong es la carteleria, cientos y cientos de carteles luminosos invaden las calles generando una foto única de cada lugar de esta ciudad.  En dos oportunidades subí al Victoria Peak (The Peak), que es un mirador en donde se tienen las mejores vistas de toda la bahía. Es fantástico tanto de día como de noche.
Hablando de la noche, durante una de ellas, cuando volvía a mi balcón, encontré mi colchón corrido hacia un costado y otro ocupando más de un lugar, como corresponde, indignado, corrí todo como estaba y me fui a comer. Cuando volví, me encontré con un señor acostado en su lugar y a su lado, dos piernas ortopédicas. Bingo. Más cosas no pueden pasar en un balcón pensé. Enseguida me puse a hablar con mi nuevo compañero y resulto ser un ex combatiente de Vietnam que estaba de vuelta de su viaje por los campos de batalla que lo habían dejado sin ninguna de las dos piernas. Desde la rodilla para abajo, no tenía nada. Según él, había sido una ráfaga de ametralladora. El tipo resultó muy macanudo y tenia mucho para contarme, por lo tanto nos comprábamos unas cervezas todas las noches y las tomábamos sentados junto a la baranda mirando un hotel Holiday Inn que estaba frente a nuestro balcón. Cuando la gente del hotel se asomaba de sus lujosas habitaciones y nos veía, levantábamos las dos piernas ortopédicas y los saludábamos con gusto. Los días pasaron y volví a mi querido aeropuerto con destino a los Ángeles, gracias a dios no había ni lluvia ni viento.
Ramón Herrera.

jueves, 25 de octubre de 2012

Trip Tour: Otra vuelta para todos!


(nota en proceso)
Paró de llover, pero había que
terminar la cerveza.
Cuando viajaba seguía un itinerario sumamente fluctuante, solo grandes destinos, para luego partir para donde me llevara el viento. Así llegué a Irlanda (del Sur) después de un viaje por Nepal. Resulta que en Katmandú, y en varias ciudades de India, me había hecho amigo de varios irlandeses que, de a poco y sin contacto entre ellos, participaron de una propaganda pro Irlanda que fue definiendo mis horizontes hacia su isla. Me hablaron de los paisajes, me hablaron de la gente, me hablaron de la independencia, me hablaron de la Guinness. Y bueno, casi convencido de que la pasaría genial, saqué mi pasaje desde Katmandú hacia Londres, desde donde directamente partiría a la “Victoria Coach Station” con destino a Dublín. 
Una vez en Londres, después de tres días de viaje ya que, por una gran tormenta, el avión tuvo que bajar en Abu Dhabi, aterricé en Heathrow. Migraciones nunca fue mi lugar preferido y, para no perder la costumbre, me interrogaron más de la cuenta cuando les dije que no me interesaba en absoluto quedarme en Inglaterra, que mi destino era Irlanda y que luego partiría hacia Bilbao para después volar a Nueva York desde Madrid. Sin palabras, inmediatamente me autoconvertí en candidato a terrorista. Venia de cuatro meses en Asia, partía a el hogar de la IRA, de ahí a la casa de la ETA para luego perderme en Nueva York con un pasaje abierto a Sudamérica. Después entendí perfectamente al encargado de migraciones en todas y cada una de sus preguntas. Pero me dejó pasar y muy contento partí a mi nuevo destino. 
Amigos irlandeses de Ramón
demostrando destrezas.
Cuando llegué a Dublín estaba muy cansado después de cuatro días de viaje, llovía, no encontraba un taxi y no tenia noción de hacia dónde ir cuando, desde un auto, un mujer me preguntó si necesitaba algo y que con gusto me llevaría. Había llegado a Irlanda. A partir de ese momento, me empecé a dar cuenta de la calidad humana de este país. Esa misma noche me perdí en un pub cualquiera cerca de mi albergue. Me acodé en la barra y me pedí mi primera pinta de Guinness. Confirmaba sobradamente que había llegado a Irlanda. Fue un viaje de ida. A partir de esa noche, no pasó un solo día en que no incursionara en los fantásticos bares de todos las ciudades que recorrí. Sinceramente, me "tomé" muy en serio el asunto, de hecho era como ir a visitar un museo o una catedral y, después de cierto horario, tenia que ir por una Guinness, era adictivo. 
Ramón y una Guinness, otro día de
mucha lluvia.
En los pubs, siempre en la barra, encontraba parroquianos para hablar. Los horarios según pasaba mi estadía, eran más flexibles y no se supeditaban solo a la tarde, casi, noche, sino que siguiendo las costumbres del lugar más de una vez el cafecito de la tarde se cambiaba por una cerveza. En ocasiones, tal vez en tres o cuatro oportunidades, incurrí en estas practicas cerveceras a la mañana. A modo de esgrimir una especie de defensa por si se me tilda de algo que no soy, alego que era época de muchas lluvias, lo que obligaba a deternese y hacer una pausa.  En Dingle, una tarde de muy lluviosa, lógicamente, me encontré hablando con un caballero que al otro día se tenía que operar y no sabría de su suerte a partir de aquella intervención, por lo tanto ya se había tomado doce pintas y, mientras charlábamos, se tomó no menos de cuatro más. En otra oportunidad, también día de lluvia, un pub rebajaba el precio de las cervezas por cada gol de Irlanda, el partido terminó tres a cero contra Arabia Saudita y, en cada gol, la gente se compraba cinco pintas para aprovechar el descuento. La mayoría se tomó unas quince. 
Ramón en un pub aprovechando
las promociones.
Otra noche, también llovía torrencialmente, nos pusimos a hablar con unos muchachos que, al enterarse de mi Argentinidad, se alegraron y enarbolaron la bandera de odio hacia los ingleses y, en particular, a una pobre parejita inglesa que estaba en el bar, logrando que ésta se sintiera tan incómoda al punto de retirarse literalmente silbada por las demás personas del bar, como los árbitros de la cancha. En Galway, también en un día lluvioso, me hice amigo del barman de uno de estos bares quien me dijo que nunca pida media pinta porque eso era de mujer y muy mal visto para los hombres. Cuando compartía alguna barra o mesa con Irlandeses y tomaba solo dos o tres cervezas, siempre me preguntaban sobre si me sentía bien o si no tenía mas dinero. No entendían que con dos pintas (un litro), para mí estaba bien. Dublín, Kilkenny, Killarney, Cork, Dingle, Doolin, Galway fueron las ciudades que recorrí y descubrí. Ahondar en detalles como la arquitectura en sus ciudades, castillos y pueblos, o los fantásticos paisajes rurales siempre verdes y ondulantes seria injurioso ya que no encontraría las palabras indicadas. Solo puedo decir para esbozar una pequeña descripción que la emoción mezclada con sorpresa se repite continuamente en este país, desde las praderas interrumpidas con históricos muros de piedra delimitando parcelas que se pierden en las elegantes montañas. En los muchos castillos o fortalezas perdidos en los caminos que aún, semi derrumbados por el paso del tiempo o vaya saber Dios por qué o quién, guardan toda su hidalguía. Los pueblitos o caseríos llenos de detalles en sus puertas de colores, en sus muros, en sus calles de piedra centenaria. Fantástica es la permanente relación entre la costa y el mar que se manifiesta en todas los retratos territoriales posibles encontrando en los increíbles acantilados de Moher un de las mayores revelaciones de magnificencia geográficas que jamás vi. Salí de Irlanda enriquecido en todo sentido, social y culturalmente. Salí de Irlanda para volver dos años más tarde. Salí de Irlanda completamente feliz. Y por supuesto salí de Irlanda hacia Bilbao sin, no antes,  haberme tomado cuatro Guinness y llegar mareado al avión. Esta vez no llovía.

Ramón Herrera.

viernes, 12 de octubre de 2012

Trip Tour: Sin Final Feliz

(nota en proceso)
Estambul es una de las ciudades más fascinantes que recorrí. Es de las intensas, una inquietante mezcla de Europa con los países árabes del norte de África. Uno de esos lugares donde no podés aburrirte nunca, entre la arquitectura y la cultura que se vive en cada esquina te sentís envuelto y atrapado, haciendo muy difícil que te quieras ir. El museo de Santa Sofía, el Palacio Top Kapi, la mezquita azul, el gran Bazar, la lista sigue y sigue. 
Desde mi llegada sentí que se me iban los días como arena en la mano y esta ciudad se mostraba a cada paso más especial. Una tarde, después de perderme por un rato por el Gran Bazar de Estambul, decidí ir a hacerme masajes a uno de los lugares más antiguos y  tradicionales de la ciudad. Cagaloglu Hamam Cafeterya. Recomendado por todos y famoso dentro de Turquía y tal vez en el mundo, era para mí otro secreto a descubrir. En mi imaginación, la experiencia a seguir sería la de entrar a una cabinita, recibir cuarenta minutos de masajes y retirarme relajado. Bueno, nada de esto pasó. 
Portal de ingreao a la casa de masajes:
más de 300 años dando placer
Cuando llegué a esta casa, me encontré, después de caminar por un corredor, en un patio interno de doble altura en el cual había un mostrador, una fuente, bancos, mesitas y algunos parroquianos sentados tertuliando sobre sus asuntos acompañados de un café. Sobre los costados se repetían aberturas de madera que consistían en una ventana y una puerta delimitando una habitación. Muchas de estas tenían las puertas abiertas y se podía ver lo pequeñas que eran, la entrada de cada una estaba decorada por alguna alfombra o lámpara. El balcón, sumamente ornamentado, contenía la circulación de todas las piezas de la planta alta y, más arriba, el cielorraso de la sala se formaba por cuatro semicírculos llenos de detalles, terminando en una cúpula de la que colgaba una monumental araña. 
Después de registrarme y pagar un muy caro servicio, me asignaron un número y partí a mi habitación en planta alta cargando unas toallas y una especie de pollera. Al observar a la poca gente que circulaba dentro de este gran hall, entendí que me debía despojar de mis atuendos y calzarme la pollera para ir hacia una puertita que estaba más allá de la mesa de entrada. Todo era basado en la deducción, ya que del poco inglés que habla esa gente mezclado con el turco, yo no entendía ni una sílaba de lo que me decían. 
Qué porte! Ramón está listo para
 una sesión inolvidable
Dejé mi ropa y con mi nueva vestimenta me apersoné en la puerta enigmática. Ni bien pasé me invadió el vapor, me ahogo, pensé. Un señor me dio la mano, se presentó y me invitó con señas a pasar a una sala que ya era directamente todo vapor. Me indicó que me sentara y me repetía que en quince minutos volvería por mí. La sala era toda de mármol blanco y desde el centro de la misma salía la columna de humo húmedo que invadía cada rincón. Creo que cuando estaba casi por desmayarme, me vino a buscar el anfitrión. El tipo era más o menos de 1.65 metros, robusto, pelado y por lo que me daría cuenta después muy fuerte. 
Cúpula, mármol, columnas. Los masajistas
se ocupan de traerte a la realidad terrenal
Pasamos una puerta y entramos a una sala espectacular, era como una mezquita, también, toda de mármol blanco pero se le sumaban  incrustaciones celestes y grises. Creo que era como un gran octógono. A cada lado había una pequeña fuente y una especie de pequeños bancos que se levantaban del suelo. Todos estos lugares estaban contenidos por columnas finamente esculpidas que marcaban los espacios y que  se transformaban en muchos arcos para terminar en una gran cúpula llena de pequeñas aberturas cubiertas por vidrios azules. Abajo, una gran plataforma de formas geométricas y naturales que acompañaba la geometría del lugar. Son también ocho sus lados de esta gran meseta, cada uno de más o menos dos metros, se enfrentan a cada sector donde están las pequeñas fuentes y el desnivel del piso donde me sentaría para empezar el ritual. 
Ramón en plena limpieza corporal. Su
cara de placer lo dice casi todo.
Mi nuevo amigo me indicó que me acomodara en uno de los escalones y prendió la fuente. Para mi sorpresa, sacó una esponja, la enjabonó y me empezó a bañar. Si, a bañar. El tipo, me tomó los brazos y las piernas y con mucha fuerza pasó la esponja por cada parte de mi cuerpo. En algunas, doy gracias a Dios, no se dedicó a trabajar. Recorrió con mucha energía cada extremidad, el tronco, cabeza y cuello. Después de este impactante inicio, y conmigo completamente enjabonado y contrariado, el caballero sacó un tacho y me baldeó literalmente, por supuesto, también enérgicamente, para sacarme toda la espuma que cubría mi cuerpo. Yo estaba vestido solo con una pollerita, me sentía fatal. Luego, me paré como pude ya que la refriega fue muy fuerte y me acosté en uno de los lados del gran octágono de mármol del centro del recinto. Ahora se vendría lo bravo. La dureza del mármol sobre el que estaba acostado frenaba la intensidad del masaje que me daba este caballero, que me estaba desarmando. Yo no sé que tipo de masaje era ya que cada envestida en la espalda, cuellos, piernas o donde fuera, era terrible, relajante no, para nada. Parecía que me estaban estrujando cada músculo a pura presión sumado a la incomodidad de que te esté bañando un fulano, de relajarme ni hablar. 
Ahora sí: este debe ser el final de
la tortura!
Yo estaba liquidado. El amigo no paraba de trabajar. Cuando pensé que la tortura llegaba a su final, me sentó y me agarró el cuello, me lo movió un poquito y de golpe me sacudió de tal manera que me crujió toda columna vertebral. No sé si ahí terminaba el servicio o si me vio tan destrozado que se detuvo. Y vuelta a bañarme entero, esta vez, con más tranquilidad, me enjuagó y a pura risa me acompañó al salón de ingreso para que yo me pueda ir sin caerme en mi habitación. Entendí que la salita que me habían asignado con una cama y un placard, era para recuperarse de semejante masaje. Entré, cerré la puerta y me tendí en la cama por más o menos dos horas. Después me levanté sin saber donde estaba así que tardé unos minutos más en incorporarme, cambiarme y partir a mi hostal para poder, otra vez, recostarme hasta el otro día.
A la mañana siguiente, mi cuerpo estaba realmente como nuevo y con una enseñanza:  masajes en Estambul no me volveré a hacer nunca más.

Ramón Herrera.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Trip Tour: de paseo por las iglesias católicas

Una vez en París, no me acuerdo cuándo y siguiendo el consejo de no sé quién, me encontraba apenas pasado el amanecer,  en la catedral de Notre Dame. Nunca me voy a olvidar de esa mañana, aunque lo quisiera.
Notre Dame. Un lujo que la iglesia
actual no se permitiría dar. Mmm.
Ese día, muy temprano en mi cabeza, se sumaron excelentes manifestaciones de arte que no hicieron otra cosa que potenciar mis sentidos para llevarlos a lo más profundo de la espiritualidad. Fue entrar a una iglesia vacía, solo, escuchando mis pasos y de golpe escuchar la fuerza de un coro de treinta personas cantando misa. Fue trasladarse de golpe quinientos años atrás en el tiempo, fue un instante de explosión para luego relajarme, sentirme en armonía con los rayos de luz que entraban por los vitrauxs de colores y se reflejaban en los oscuros y fríos pisos. Verlos, entender las imágenes, ser parte de la grandeza artística solo por recibir el color de un reflejo sobre mi cuerpo ya era mucho. Era estar rodeado de esculturas que me cuidaban y seguían cada uno de mis pasos dentro del tenue templo. La intensidad del coro me hacía variar los pensamientos y mi mente trabajaba buscando imágenes fuertes dentro mío, la majestuosidad y austeridad de la arquitectura me absorbía. Todo se mezclaba en mi cabeza. La música, la historia, las artes, la religión, la arquitectura, París.
Salí de nuevo al siglo XXI, después de dos horas fantásticas, irreales. La ciudad me estaba esperando en la puerta, con ella los primeros japoneses y otros turistas que ya estaban fotografiando a la catedral. Me saqué las fotos de rigor frente a la fachada y emprendí nuevamente mi camino rápido y sin pausa hacia ningún lado. 
El castillo de Santiago de Compostela,
perdón, la iglesia.
Unos años mas tarde, en Galicia, me encontraría con otra de las grandes obras  del hombre en el nombre de Dios. La catedral de Santiago de Compostela. Ese día llovía en Santiago y las calles empedradas estaban vacías y más grises que nunca. De pronto, me encontré en la puerta, en esa puerta donde tantos peregrinos llegan desde hace novecientos o mil años recorriendo kilómetros de duro andar entre bosques y montañas. Siempre guiados por la fe, esa que los hace llegar al magnífico edificio, a la gloria. 
Hoy en día, la catedral impacta. Su magnificencia, el tamaño, las imágenes gigantescas de bronce, el altar, las naves, todo nos hace sentir diminutos, frágiles ante tanta fuerza. La catedral fue construida en plena edad media, en 1075, cuando las viviendas de la época eran chozas primitivas con estructuras de madera,  cubiertas de paja o hierbas y muros de barro o piedra, donde el humo del hogar central se filtraba por las grietas del techo, donde los animales compartían el mismo ambiente o, a lo sumo, el de al lado. Las ventanas eran huecos carentes de vidrios o protección. Por eso me gustaría viajar en el tiempo y por un momento vivir lo que sentían aquellos pobladores del medio evo al entrar en la catedral de Santiago. Era entrar al cielo, era la casa de Dios. No podía ser de otra manera, no existía poder terrenal para tener semejante morada, ni siquiera los reyes mas poderosos de la época. 
Lo poco que sé de la edad media me llevó a buscar en Santiago signos en la arquitectura y, observando con detenimiento, me dí cuenta de que en Santiago estos están todos presentes. Para hablar de una de estas simbologías, tomo la numerología, por ejemplo, el tres, cuatro y el doce, se ve reflejada en la planta con la cantidad de columnas, en las aberturas, en la cantidad de capillas y santos que adornan el recorrido de la nave central. Todo el edificio está estudiado a la  perfección, en el diseño no dejó libre ningún elemento. El espacio supremo es el pórtico de la gloria, en donde cualquier mortal en su sano juicio, tiene la obligación de emocionarse.
Franco los quería cansar antes de que
le pidan a Dios por  su desaparición
También en España, precisamente en las afueras de Madrid, hay una gran iglesia, en realidad es La Basílica de la Santa Cruz, conocida más comúnmente como el Valle de los Caídos. Es una gran construcción que mandó a hacer Francisco Franco. Las dos grandes particularidades de esta obra, a mi entender, es el trabajo realizado sobre la montaña, ya que la nave de la iglesia, es de más o menos 260 metros de largo y está cavada íntegramente en la roca. Por lo tanto es un ámbito frío, gris, sin ventilación y sumamente lúgubre. Lo otro que me impactó de este lugar, fue el hecho de que solo entrara luz por pequeñas ventanitas en dos o tres puertas que hay en los costados de ambos lados de la nave principal. Se ve apenas iluminado un gran salón, en el que se encuentran enterradas las más de 35.000  personas muertas en la guerra civil. La sensación es muy fuerte ya que, sumado a lo oscuro del lugar, se agrega lo tenebroso de esos grandes espacios  que uno apenas ve y que, cuando se asoma un poco por la abertura, una pequeña correntada de aire frío te pega en el rostro produciendo, por lo menos en mí, una sensación horrible. Otra particularidad de este lugar es que está enterrado su hacedor, Franco. A su tumba aun hoy la gente la pisa despectivamente e incluso más de uno la escupe.
Otra catedral que me llamó la atención es la de Cuzco, en Perú. Y esta vez no fue tanto como las europeas por lo magnífico de sus tesoros arquitectónicos y esculturales. Es de piedra, pero de una piedra que era ajena al catolicismo. La iglesia se alza en el mismo lugar donde existía un templo incaico que fue destruido por los españoles y usado para construir lo que vemos hoy en la plaza principal. En una de las salas laterales están los retratos de los diferentes obispos de la colonia. Estos habían sido pintados por los incas, y yo no sé si los rostros que reflejaban tanta ira era reales o era una interpretación de estos aborígenes que sin dudas se sentían totalmente impotentes ante la colonia y su iglesia.  
Ramón, después de su gira espiritual.
Paso mucho tiempo en mis viajes viendo iglesias, me atraen, me hacen pensar en la historia, en la mente humana y en sus búsquedas. La necesidad de creer y sentirse contenido. A medida que pasa el tiempo me encuentro cada vez más cómodo en una pequeña, austera y humilde capillita de pueblo que en la mismísima catedral de San Pedro.  Todo depende de cada uno y de su momento.

Ramón Herrera

jueves, 20 de septiembre de 2012

Trip Tour: la India te da sorpresas!

La idea original era ir desde Chandigar rumbo al norte, llegar a Dharamsala, recorrer los pagos del Dalai Lama descansar un poco, seguir a Leh para rodearme de los imponentes Himalayas y disfrutar de una estadía en un pueblito netamente tibetano. Luego, cruzar a Pakistán. Era lo ideal, lo soñado, lo planeado en una playa de Tailandia tomando sol. Pero también era fin de febrero y no tuve en cuenta que hacía 15 grados bajo cero en el norte de India, por lo cual las rutas estaban todas cerradas por la nieve y las avionetas, que te podían acercar a las montañas, eran menos fiables que un mono con navaja. Así que lamentablemente hubo que cambiar el rumbo. 
Tomate una garompa y visitá este
observatorio astrológico.
Siempre apuntando hacia Pakistán, partí para el Rajasthan,  al corazón del desierto del Thar. La travesía empezó en Jaipur. No tenía muchas intenciones de quedarme, pero después de 17 horas de colectivo, necesitaba estirar las piernas y parar por un día. Recorriendo la ciudad, lo que más me impresionó fue el parque del observatorio. Son entre veinte y veinticinco objetos de diferentes tamaños y formas completamente fuera de lo común, escaleras que llevan a la nada, cruzadas con grandes semicírculos llenos de números en hindi, semi esferas enterradas con líneas y puntos cruzadas con franjas negras, círculos de hierro colocados en distintos ángulos que proyectan líneas de sobra sobre distintas formas enterradas o a nivel de piso, ambas con las más diversas anotaciones.  Sin dudas, para mí era un parque surrealista, imagino que para un astrólogo, un paraíso. 
El japo decía "azul, azul"en japonés,
pero todos le entendían "No de nuevo,
no de nuevo" y lo miraban raro.

El viaje siguió en tren hacia Jothpur. Llegué a la mañana, diría a la madrugada, y decidí quedarme en la estación de trenes en una especie de sala para turistas donde había grandes sillones que mejoraban la espera de otros viajeros hasta que salga el sol. Uno de ellos, japonés el amigo, me repetía en un mínimo ingles algo (traducido) como “todo azul, se ve todo azul, es bellísimo”. Este tipo está dado vuelta desde anoche y dice pavadas, pensaba yo. Bueno, pobre japonés, a la mañana después de que me alojé y me dirigí al castillo ubicado sobre la ciudad me di cuenta que, desde arriba, la ciudad esta toda pintada de azul. Increíble. Por la poca perspectiva que hay entre las callecitas laberínticas y la cantidad de gente, caminando uno no puede darse cuenta de esto. Pero, realmente, como decía el japonés, bellísimo efecto urbano.
Ramón rodeado de chicos al grito de
My friend, my friend, escuchando a
Cacho Castaña con su walkman.
Para bajar del castillo, tomé el camino largo, el que me perdía dentro del la ciudad. Apenas empezaba la bajada, se me ocurrió darles unas biromes a unos niños que encontré lo que produjo que me siguieran todo el camino gritando “my friend, my friend”. Me pareció simpático durante los primeros veinte o treinta metros, pero después de caminar por media hora y en bajada por las pintorescas calles, y que en el trayecto se sumaran a sus gritos otros cincuenta chicos más a viva voz con la misma consigna, y que todos los vecinos a mi paso se asomaran a puertas y ventanas mirando de qué se trataba la procesión, la cosa se puso muy tensa. Ya que no tenía idea en qué podría terminar todo, ni dónde, ya que estaba completamente perdido en un lugar desconocido. Afortunadamente, todo terminó en la una plaza en la que me senté y saqué fotos a todos los niños y a algún adulto también. Esto funcionó como final de la procesión y me permitió partir al hotel. El grito de “My Friend, my Friend” retumba aun hoy en mis sueños.
Mr. Dessert en su despacho. Dalí se
habría inspirado en su imagen, pero no
alcanzó la espesura de su moncholo.
También en tren partí hacia mi próximo destino: Jaisalmer. La última ciudad antes de la frontera con Pakistán que está emplazada en el medio del desierto. No es muy grande y se ubica sobre la ladera de una pequeña meseta donde hay una fortaleza con su palacio y su ciudadela. El tour obligado es salir unos días al desierto en camello, para ello hay más o menos treinta puestos con guías. Yo me incliné por el de “Mr. Desert Tours” atendido por el mismísimo Sr. Desert. El maestro había salido en un concurso como el más fiel representante del lugar. Estando ya dentro de su oficina, entró una bella señorita que me miraba anonadada, yo tenía una pinta paupérrima, por lo que no le preste mucha atención y creí que era por mi aspecto andrajoso que le llamaba la atención. Pero no, yo le comento al amigo que tenía a mi lado que esa chica me parecía italiana y ella, que me escuchó, me dice"no, no soy italiana, soy Paula, la novia de Tomás, que está afuera". Madre de Dios, me había encontrado con un amigo de Córdoba en el medio de la india, a través de una chica que solo me había visto en fotos. Una casualidad que en la India, donde hay más o menos 1240 millones de personas, sumado a que con ella no nos conocíamos personalmente, es poco frecuente. Sucede cada diez o doce vidas. Cuando salí de la sorpresa, los tres pasamos todo el día juntos, incluso brindamos por el encuentro con “Mr. Desert tours”, que facilitó esta increíble coincidencia. Aclaro que yo no tenía ni idea de que mi amigo estaría en India en ese momento. 
Ramón timoneando un modelo del Sr.
Dessert. Su única queja: los tapizados
le provocaron paspaduras permanentes.
Llegada la noche ellos partieron a Delhi y yo al desierto. Con mi nuevo amigo, el Sr. Desert y sus camellos, recorrimos varios oasis y pequeños poblados mimetizados con el color de la arena. Viví en carne propia el calor insoportable del día y el terrible frío de la noche. Dunas interminables, paisajes totalmente desolados. Todas las gamas del amarillo pasaban frente a mí cambiando mientras avanzaban las horas. Posos de agua rodeados de mujeres que cargaban grandes vasijas de barro por sobre sus cabezas para llevarlos a caserios perdidos entre la movediza arena. Pasaron dos días y volví a Jaisalmer, allí, nuevamente cambié de planes cuando leí en el diario que la relación con Pakistán estaba al rojo vivo y las fronteras estaban peligrosas. Por lo tanto, decidí quedarme en India que, sinceramente, tiene tanto para ver que no alcanzan mil viajes y mil vidas para terminar de conocerla y dejar de sorprenderse.
My Friend, my friend, my friend, my friend …

Ramón Herrera

jueves, 13 de septiembre de 2012

Trip Tour: llegar a Cuzco tiene sus vueltas

Creo que Perú es uno de esos países que nunca se olvidan. En realidad ninguno se olvida, pero se mezclan, se confunden. Las fronteras se alejan y dejan de ser lugares únicos. Pero Perú lo es, aunque todavía no sé bien por qué. Tal vez sean los colores, las montañas, la gente o esa piedra fiel al Inca. Esa, en donde aún hoy se refleja, poderoso e inmortal.
Llegué desde Chile con muy malas referencias y no en relación a lo estético, sino al problema social. Era el verano de 1993 y de Perú se escuchaban solo dos cosas: los ataques de sendero luminoso y el terrible fantasma del cólera. Yo escuchaba todo y no sabía qué hacer. Por un lado, el miedo a la enfermedad y al terrorismo. Por el otro, todo lo leído y estudiado de los incas y sus enigmáticas construcciones que, en definitiva, era lo que me había llevado hasta allí. 
Las chichis del convento, posaron
para foto con Ramón (en el medio,
al fondo)
Durante el viaje, hablando con el compañero peruano de asiento, me enteré que por los problemas antes mencionados, en Perú había bajado el 60% del turismo y era muy común enfermarse de cólera . Cuando me di cuenta ya estaba en Tacna, bajando del taxi y subiendo a una combi que me llevaría a Arequipa. Tarde. Arequipa, colonial, blanca, limpia y muy custodiada, llena de militares encapuchados para no ser reconocidos por los terroristas, paisaje que se repetiría en todo Perú. Caminé por la ciudad mirando cada construcción, diferentes a las que me habían llevado allí, europeas éstas, pre-colombinas las que yo buscaba. No importaba mucho en ese momento, me sorprendía en cada ingreso, en cada guarda o mirando aquellas antiguas puertas con incrustaciones de hierro. Era España. Caminando llegué al Convento de Santa Catalina donde una monja me contó que tiempo atrás, y no mucho, era un convento de reclusión. Entramos y me mostró los cuartos, los baños, la cocina (todavía en uso) y los raros pasadizos que daban al exterior y servían para que los familiares le alcancen algo de comida, alguna carta o ropa a las internadas. Estaban hechos de una manera que nunca se podía ver la cara de estos actores. Después, entramos a la capilla y en el fondo, casi a oscuras, detrás de una especie de reja de madera tallada que iba de piso a techo había cinco o seis monjas rezando, parecían muñecas de cera, estáticas, blancas, inmutables todo este cuadro enmarcado en el silencio vacío y frío modificado solo por el ruido de mis pasos. Debo reconocer que salí bastante impresionado con aquella imagen, una vez afuera le pregunté a mi anfitriona sobre esas monjas y ella me dijo que no son de reclusión pero que pasan muchos días de encierro y de silencio absoluto. Pasé la noche en un pequeño hotelito en el centro de la ciudad. 
Cafetera en parada técnica. Ramón,
tratando de escapar, con cartelito de
destino "A donde usted vaya".
Al día siguiente, decidí partir hacia Cuzco. No es que no hubiera nada más que ver allí, pero la ansiedad de ir a Machu Pichu era más fuerte. Caminando hacia el lugar donde encontraría mi bus, me detuve en un local que anunciaba colectivos nuevos y directos a mi destino, por lo tanto, me apersoné y después de ver los folletos y los precios, decidí comprar mi ticket. Una vez sacado el boleto, y como siempre pasa en estos casos, me puse a hablar con los pasajeros que esperaban junto a mi la orden para salir. En esas interesantes charlas, una de las mujeres me indicó que debería ir subiendo mi mochila al techo del colectivo. No, le dije con una sonrisa cómplice y ganadora, ese no es el mío, yo voy a Cuzco en una hora y el mío es otro coche. Por supuesto, el que esperaba en la puerta era una cafetera de 1960 que obviaba todas las normas de seguridad y confort que existen. Es ése, me dijo con una sonrisa, esta vez, burlona y sobradora. Me presenté en la boletería con mi folletito y me dijeron que sí, que el de folleto va a Cuzco, pero solo los sábados, que hoy lunes iba otro modelo, pero que me quede tranquilo que llegaba igual. Resignado, subí mi equipaje al techo entre bolsas de cereal y papas recién cosechadas. Seguí resignado mi conversación con la simpática mujer que ya tenía consigo la seguridad de irme ganando 1 a 0.
Abimael: quiero carne argentina!
habría dicho y los terros le
buscaban un turista.
Más tarde, nos pusimos a hablar del terrorismo y la incipiente captura de Abimael Gusman, líder de sendero luminoso. La señora me comentó que hacía dos semanas habían parado un colectivo y fusilado a un turista francés. Mamita querida pensé, aterrado, le dije si eso era común o había pasado solo una vez. No, no es común, me contestó, solo pasa en la época en que recogemos las cosechas y tenemos plata. Ahí los terroristas paran los colectivos para robarnos el dinero y si encuentran a un turista, caput. Por dios, pensé, y le pregunté, ya sabiendo la respuesta, en que época estábamos. De cosecha, contestó disfrutando mi cara de pánico. La señora 2, yo 0.
El viaje pasó sin inconvenientes mayores. Durante el mismo me hice amigo de un vasco dueño de un bar en Bilbao que recorría las tierras incaicas y que tenía alguna afición por la ETA, por lo tanto no veía con malos ojos a los de sendero luminoso. De hecho, me contó que estaba seguro que habría etarras escondidos en la selva boliviana y que, si nos paraban, me quedara tranquilo que él hablaría con los terroristas y que no pasaría nada. Mi sensación de terror aumentaba, más hablaba con el vasco, más miedo tenía. El pico máximo fue cuando, en una parada técnica, adelante de nuestro colectivo se paró un camioncito que llevaba en su parte trasera cinco o seis caballeros con fusiles. Chau, pensé, se terminó Ramón El vasco dormía, hablaron amistosamente con el chofer de nuestro bus y se fueron. Respiré aliviado. Cuando le conté a mi compañero sobre lo sucedido se ofendió porque él quería bajar a hablar con los señores terroristas. Gracias a dios no se despertó en aquel momento. 
Chofer y terrorista de Sendero, rumbo
a una charla de autoayuda.
Luego, ya casi llegando a Cuzco, le pregunté al chofer sobre el hecho y me dijo que no pasaba nada, que solo querían saber si había plata en el colectivo. Este les mostró las grandes bolsas con productos a vender y les explicó, por lo tanto, que sin venta aun no estaba el dinero. A lo que agregó que le cobraron el peaje habitual y se fueron, para él algo habitual, para mí, algo terrible.
Cansado y estresado llegué a una de las más maravillosas ciudades que visité y a la que ansío volver, como también a todo el Perú, sobretodo para recorrerlo más relajado, sin la sensación de peligro que opacó un poco mi estadía por ese fantástico país.

Ramón Herrera.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Trip Tour: tomando una copa en medio de la selva


Rumbo a Laos hice una parada técnica en Chang Mai que me traería un gran dolor de cabeza. Después de varios días de estar en la fascinante Bangkok, me aventuré rumbo al norte de Tailandia con destino final Laos. La parada obligada en ese camino es Chang Mai. La verdad es que solo pensaba estar una noche allí pero en el hotel me hice amigo de un grupito de gente que al otro día salía en un tour de dos noches hacia la frontera con Burma y cambié de planes. 
Nos conocimos en una especie de feria donde, entre otras atracciones como bailes, objetos y comidas típicas, había una velada de boxeo thai. El sistema era que un grupo de boxeadores invitaba a pelear a gente del público, por supuesto por dinero. Lo que veíamos generó una charla sobre la particular velada y sobre la posibilidad de subir a agarrarnos a trompadas con alguno de estos oferentes por unos pesos. Parecían no muy agraciados físicamente y carentes de una técnica refinada y rápida, sumado a esto, te otorgaban todos los protectores necesarios para subir al ring. Hablando con mis nuevos amigos y envalentonado por lo dicho anteriormente, estuve a punto de largarme como contrincante cuando del otro lado de la platea improvisada con sillitas plásticas se paró un australiano con mis mismas intenciones. Resultó que, ni bien presentaron al tipo en el ring y le colocaron el casquito y los guantes, se subió a pelear un púgil totalmente distinto a los presentados minutos antes. De más está aclarar que el nuevo contrincante era más rápido, más grandote y amplio conocedor de las técnicas de combate. El resultado cantado, el australiano, recibió tantos golpes por minuto que todavía debe estar dolorido. Y yo aún le estoy agradecido.
Para el siguiente día, el plan era recorrer varios kilómetros en elefante para luego hacer un trekking por las montañas, llegar a una gran cascada sobre la frontera y terminar volviendo por un pequeño río flotando en canoas de cañas de bambú a favor de la corriente. Durmiendo en pequeñas y pintorescos pueblitos. Salimos temprano a la mañana en una combi rumbo a la selva. Lo primero que hicimos como estaba estipulado fue subir a un elefante cada uno y partir con rumbo al norte. Al principio se siente muy bueno, para mí era la primera vez arriba de uno de estos inmensos animales, pero cuando se sale del momento de fascinación y sorpresa por lo nuevo, más o menos a la hora, hora y media, la cosa se pone un poco aburrida. Finalmente estuvimos tres horas más en el lomo del pobre animal. Lo único que me despertaba del aletargamiento por el monótono paso de la bestia era el hecho de tener que esquivar todas las copas de los arboles ya que la selva estaba muy pero muy tupida y el elefante pasaba de casualidad: todo lo que había sobre él no pasaba, o sea el que escribe. Cuando nos bajamos sacamos las fotos de rigor y le dimos de comer unas enormes ramas verdes que agarraban con la trompa y las masticaban como a un caramelo sugus. Luego, a caminar por la jungla. 
Pasado un largo rato de trekking prácticamente todo en subida y con mucho calor, corría muy poco aire por lo espeso del paisaje, llegamos a una pequeña aldea donde nos dieron una especie de cabaña elevada del suelo, armada de cañas y con techo de paja. Sería de unos 5 por 5 metros. Allí dejamos las mochilas y luego de confraternizar con niños y comprar algún que otro objeto típico, comimos en una especie de quincho al aire libre. Las casitas y depósitos del pueblo, estaban todas elevadas, ya que en tiempos de lluvia el agua que bajaba de la montaña arrasaba con todo, por eso todo estaba parado sobre pilotines de madera. La vista desde el pueblo era fantástica, de por si el pueblito parecía colgado de la montaña, y de este se veían kilometros y kilómetros de selva verde y ondulada por las montañas solamente interrumpidas por algún hilo de agua u otro caserío. 
Después de comer, el guía de la excursión sacó lo que sería el fin del tour. Dos botellas de whisky de origen tailandés, realmente espantoso, pero muy bueno para alegrar la noche. A tal efecto a la parejita de Nueva York que nos acompañaba se le ocurrió jugar a esos juegos de palabras que si uno se confunde se toma un vasito entero. Claro, sumado a ellos había tres chicas de Inglaterra y dos muchachos canadienses, un ex – soldado israelí y yo. Obviamente, el juego era en inglés y ya estaban decretados los perdedores. En síntesis, en un momento difícil de determinar dado pierdo todo contacto con la realidad y recién la recupero cuando me despierto al otro día. Los compañeros de grupo me informaron cómo terminé la jornada anterior, ya que no me quedó registro de nada. Mi amigo israelí apareció recién a media mañana ya que el también perdedor, en un momento se paró y se fue corriendo hacia la espesa vegetación de la selva. No lo pudieron encontrar. De hecho, me dijeron que yo también participe de la búsqueda pero no lo recuerdo. 
Después de comer seguimos camino. El tour sufrió recortes por causas ya descriptas, por lo que salteamos el paso por la cascada que teníamos planeado y nos relajamos toda la tarde en una laguna. A la mañana siguiente, para volver, nos subimos a unas canoas hechas de bambú que mediante un palo que oficiaba de remo íbamos controlando el recorrido impulsado por la corriente. Uno se paraba por detrás de la embarcación y luego de unas caídas al pequeño río, le agarramos la mano y llegamos a destino. De vuelta, ya en el hostel y con un dolor de cabeza infernal, me preparé para partir a Laos. El malestar me acompañó durante dos días, después se fue de nuevo para Chian Mai.

Ramón Herrera.

Cierre tardío (Trip Tour)


La semana pasada, publicamos una nota de Ramón en la sección Trip Tour sobre los cines en India, y en estos días nos encontramos con un video donde se ve en pocas imágenes todo lo que pudiste leer. Para que le agregues sonido y movimiento a la idea que te dejamos.

jueves, 30 de agosto de 2012

Trip Tour: El otro cine.


Ir al cine es tal vez uno de los programas ideales que podemos hacer para pasar un buen momento, digamos unas 2 horas de concentración y atención. Ir al cine es relajarse y dejarse llevar por una historia sentados en medio de la oscuridad. Con el celular apagado y los sentidos alertas al sonido surround solamente interrumpido por el molesto ruido de algún pelmazo comiendo pochoclo. Ir al cine es sentarse en cómodas butacas para relajarse y no pararse hasta que los títulos nos invitan con alguna canción a que volvamos a incorporarnos y relajados nos retiremos comentando la película entre sonrisas cómplices y comentarios esclarecedores o reafirmantes.
Tarde de cine. A Ramón le faltaban
varios lugares para entrar en la foto.
Todas estas sensaciones planteadas, entiendo tan comunes en nosotros, son diametralmente opuestas en la querida India. Estando en Varanaci, dos amigos me convencieron de ir al cine. Yo, medio escéptico del programa, acepté la oferta de hacer algo que nunca en mi vida voy a olvidar. La película estaba anunciada a las 19.00horas. Uno de ellos, conocedor del tema, nos sugirió que vayamos una hora antes ya que sino no conseguiríamos entradas. Llegamos temprano y la boletería ya ardía, parecía la cola para entrar a una cancha de fútbol, un paredón y muchas personas esperando agolpándose en la ventanilla pidiendo su ticket y empujando un poco a los apurados que no querían esperar en la fila. Nosotros éramos tres. Dani, Silvia y yo. El hecho de que una mujer nos acompañara  generaba una atracción peculiar, solo por ser mujer ya que son poquísimas las que van al cine por lo tanto, en realidad por ella, un grupo de admiradores nos acompañó en todo momento hasta que logramos entrar y ubicarnos. 
Orden característico en India
alcanza la cola de la boletería.
El cine era como un gran teatro, platea baja y dos pisos más, nuestros lugares eran en una de las plateas altas del primer piso muy cerca de la baranda del balcón. Nada extraordinario por ahora, mucha gente deambulando, mucho ruido y muchos vendedores gritando. Se apagaron las luces y nada cambió, mucha gente deambulando, mucho ruido y muchos vendedores gritando. Luego, y aclaro que durante toda la película por supuesto y fiel al estilo “India” hubo mucha gente deambulando, mucho ruido y muchos vendedores gritando. La película estaba en hindi por lo que nosotros no entendíamos ni una palabra de lo que decían los actores. Pero no hizo falta comprender. Ni bien empezó el film, comenzaron los murmullos siguiendo los diálogos de los protagonistas, por ejemplo, si se veía que el dialogo pasaba por una discusión, notábamos que los espectadores comentaban afirmando o negando enfáticamente el problema. Prosiguiendo con la película, ya a los cinco minutos de iniciada, de pronto y sin que percibiéramos nada anormal, el cine estalló en aplausos. ¿Qué pasó?, nos preguntamos. Nada, era la primera escena en la que aparecía el protagonista y por lo tanto la ovación fue unánime. Distinto fue cuando apareció el malvado ya que los abucheos, imagino que también insultos en hindi, se hacían sentir a viva voz. Yo no salía de mi asombro y fascinación de ver y sentir lo que estaba pasando en el cine. Pero siguieron las sorpresas. Por supuesto y siempre con este hilo de expresividad total, al ver a la bella actriz, la audiencia nuevamente se llenó de onomatopeyas de admiración y algún silbido de piropo hacia la bella dama. 
- Hay maní con chocolate, caramelos
mumú y bombón helado Aguila!
Ese tipo de expresiones continuaron y la multitud seguía con todos los sentidos acompañando cada vaivén de la historia. De pronto y ya sobre el final del film, se desató una fuerte pelea entre los actores que representaban al bueno y al malo. Fue en ese instante cuando la mitad del público se levantó de sus asientos arengando esta pelea a los gritos y gesticulando golpes de puños al aire como para darle fuerzas al héroe de la novela, como si fuera una verdadera pelea de box. La lucha continuó y nuestro muchacho dejó tirado en el piso al representante del mal, se dió vuelta y miró al horizonte dando la espalda a un traicionero contrincante que no hizo otra cosa que pararse con un cuchillo para clavárselo. En este punto, el cine definitivamente llegó a su punto máximo de ebullición y explotó. Se pararon absolutamente todos los asistentes y a gritos le avisaban al galán que estaba a punto de ser acuchillado por la espalda. Seguro conocedor del público, sus tiempos y reacciones, el director de la película tendría todo estudiado porque, como si hubiera escuchado, nuestro galán se dió vuelta justo a tiempo y, con una espada extra de inmenso tamaño que no se sabe de dónde sacó, ultimó al villano. Todos aplaudieron y festejaron la escena como si hubiera sido un gol a los ingleses de media cancha. Para ese entonces, estábamos todos parados y viviendo la situación como si estuviéramos en Las Vegas viendo una pelea de Mike Tyson por el título mundial de peso pesado. Increíble. 
Taquillero film, prometedor incluso
desde la cartelera publicitaria.
La película se coronó con un gran beso entre la pareja estelar en un atardecer maravilloso sobre la costa del mar. Que fue enmarcado con un gran aplauso cerrado y seguro.
La fantástica experiencia de mi iniciación en el cine Hindú duró más o menos tres horas, que incluyeron un intervalo en el que no faltó mucha gente deambulando, mucho ruido y muchos vendedores gritando. La película, recuerdo casi con seguridad era, Raja Hindustani, el tema musical sumamente recomendable, Pardesi Pardesi Jana Nahi.

Ramón Herrera