viernes, 23 de noviembre de 2012

Trip tour: Israel increíble!

Entré a Israel con custodia armada, (dos autos con soldados acompañaron el micro todo el
recorrido desde El Cairo hasta Jerusalén). Salí de Israel también con custodia armada, que me acompañó en el aeropuerto hasta que subí al avión como oportunamente conté mediante estas crónicas hace unos meses. El colectivo salió de un hotel cinco estrellas de El Cairo, antes de subir dos policías de Egipto revisaron el equipaje muy por arriba y después de ver los pasaportes nos pidieron que subamos. Una vez sentados y acomodados, se nos informó que debido a la situación nos iban a escoltar unos soldados israelíes todo el camino para evitar atentados. La pregunta "qué hago acá?" me incomodaba y se mezclaba con otra, "¿por qué no estoy en alguna playa de Alejandría mirando el Mediterráneo?". 
¿Foto tuneada? No, la única tuneada
es tu tía, la solterona. 
Mis dudas eran pasajeras a Dios gracias ya que, sin darme cuenta, estaba rumbo a Israel y me preparaba para ver el canal de Suez. Fué mas fuerte de lo que esperaba. Fué como un sueño surrealista, en el medio del desierto, en el medio de la aridez, de la nada. Ahí se veía pasar a un barco petrolero, por sobre las dunas. Se movía lentamente, imponente, imparable. Al ver el angosto canal, las imágenes mentales se aclararon pero el estado de asombro permanecía. El margen de costa a costa no era mucho mas grande que el doble del ancho del barco, un surco en el campo, una línea en un papel, raro por lo menos es como que por Corrientes y Córdoba pase un barco panamax, atrás un petrolero y mas atrás uno lleno de containers y autos. 
Delgada línea fronteriza. Muy ancha
diferencia cultural.
Pocos minutos después, la frontera. Ningún control en Egipto, miles en Israel. Los alambres de púa se perdían en el horizonte junto con las torres de control y los letreros de peligro -Alta tensión. Nadie sonreía ni se mostraba amable, todo era estricto, controlado. Cámaras, censores y perros me seguían y me decían claramente que estaba entrando en un estado en guerra. De hecho, cuando saque mi pasaporte, años antes de este viaje, lucía para la foto una exuberante cabellera que en el momento del viaje había sido dejada por un corte casi al límite de la pelada. Estas imágenes, paradójicamente, les causó mucha gracia a los empleados de migraciones de Egipto y una suma preocupación y contrariedad a los de Israel. Yo, en cierto punto, aún no entendía que estaba entrando a una zona del mundo que está en permanente alerta, en guerra. Me costó entenderlo, incluso hasta después de dejar Israel. Aún hoy. No entiendo las guerras. 
En Israel, hasta los boyscouts andan
con K 47, y siempre listos para usarla.
Siguiendo con mi viaje, lo primero que noté fue el contraste de colores. Me sorprendió que los amarillos más secos y ásperos se transformaran en verdes intensos y vivos. Las piedras se volvieron árboles y los caminos pedregosos del milenario Egipto se habían convertido en rutas pavimentadas y señalizadas. Ya no se veían tantos camellos, ni tiendas de lona sino autos limpios y paradores para el turista. Estaba hecho el cambio y muy bien marcado, las
diferencias eran claras, acá empieza y acá termina Israel. En Jerusalén me hospedé en la ciudad vieja. 
Llegando en otro colectivo a las cercanías de la puerta de Damasco, con toda la ilusión por entrar, pararon el colectivo unos policías y nos hicieron bajar a todos ya que en el medio de la calle habían encontrado un bolso sospechoso. Esperé atónito mirando imprudentemente, aunque desde lejos, toda la requisa del sospechoso objeto. Nada pasó y realmente como si nada, nos hicieron subir a todos y continuar sin ningún signo de histeria o temor. Acá me alojé en un hostel “Black Horse” en la parte musulmana de la ciudad. A metros de la puerta de los leones o de San Sebastián. Laberíntica, europea, fascinante. Armada por curvas y contra curvas, sonidos y aromas diferentes. 
La Masada, lindas vistas y mejores
historias.
Pasillos empedrados que parecen estar esperando otra cruzada. Llena de toldos de colores con distintos negocios, flores, Rosarios, Estrellas de David, Coránes, Biblias y todo tipo de souvenirs que el turista necesite. Histórica y disputada, referente para tantas religiones, algunas viejas y otras que se están gestando. Musulmanes, católicos y judíos la reclaman como propia llegando al fanatismo para conseguirla. La tensión se sentía y las armas se veían por todos lados. La sensación de libertad y espontaneidad del pasado Egipto (de donde yo venía), se había perdido como una palabra en un libro. La historia, los paisajes, la gente, me inquietaban, me sorprendían, me llenaban de emociones. Pero estos estados se veían opacados por otro, el de alerta. Igual, los días pasaron demasiado rápido y, como debe ser, uno se adapta. Recorrí todos los puntos de interés. Salteando algunos, escribo de otros. Antes de flotar como un tonel en el mar muerto, en la misma excursión, subí a ver el amanecer a Mazada y a maravillarme encontrando en cada paso una de las historias de las más fascinantes jamás imaginada. El honor y orgullo de ese pueblo es increíble, único, merece ser leído y estudiado. Tal ves por eso es tan emocionante lo que regala la naturaleza con las vistas desde Mazada. Tal vez, y siendo poético, cosa que sin dudas no soy, es para rendir honor a esa gente tan noble. 
Ramón, entre las charlas con los
locales, robaba suspiros a las
señoras con su zunga.
Caminé hasta el cansancio por Tel Aviv. Disfruté a más no poder los atardeceres en sus playas envuelto en algún partido de fútbol o en largas y amenas charlas con gente que vivía allí desde mucho tiempo atrás. Que me contaba sus experiencias diarias, sus miedos y sus alegrías. Otra de las cosas cotidianas que me encantaba ver eran los bailes en la calle. Vi muchos grupos de gente abrazada danzando y disfrutando cada acorde. Recorrer los mercados y probar cada uno de los frutos secos y dátiles es imperdible. Las nueces se llevaron mis palmas, no tengo dudas. Sin desperdicio, comerse en la calle un Shawarma, que es el día y la noche con los que se comen por estos pagos, o unas mini brochetes de cordero a la parrilla condimentadas magistralmente y acompañadas con un paquetito de Falafel. Recorrí Israel y me gustó mucho. Pero tristemente, la desconfianza y la guerra se mezclan en mis pensamientos cuando hoy la recuerdo o escucho sobre su gente y su tierra.

Ramón Herrera

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