Mostrando entradas con la etiqueta egipto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta egipto. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de agosto de 2012

Trip Tour: un pasaje a Aswan por favor!

Me entendes, Aswan dije!

No sé por qué a las tres de la tarde me decidí a sacar el boleto hacia Aswan ni por qué me aventuré en la estación de trenes con cuarenta grados de calor. Tampoco me explico qué me llevó a comprar un ticket en una ventanilla donde nadie hablaba una sola palabra en castellano ni en inglés. Son los pro y los contras que existen cuando se viaja viviendo el día a día, no atándose a calendarios ni a cronogramas. Hoy, ya todo está traducido y sumamente explícito, pero hace más o menos quince años, si bien Egipto ya era una meca para el turismo, lugares como la estación de trenes no eran de los mas globalizados porque la mayoría de los viajeros se trasladaba por el Nilo o en algún tour, por lo tanto, era un lugar aún no muy desarrollado para el extranjero.
Hermosa la espera del tren en la estación
de El Cairo.
Ya hacía más de una semana que estaba en el Cairo y era hora de seguir viaje. Así que averigüé donde quedaba la estación de trenes y caminando por las calles, veredas, cortadas, pasajes y los muchos movimientos caprichosos que tiene esa laberíntica ciudad, que me hizo perder más de una vez, llegué a Suman Fati, la estación. Majestuosa, llena de vida, ruidos y olores, un perfecto reflejo de la ciudad. Mezclándome entre la gente, busqué la casilla de informaciones y ahí estaba, cerrada. No había rastros de haya estado abierta recientemente ni cartel alguno que me indicara cuando volver o a donde averiguar sobre trenes y horarios. Así que, preguntando quién hablaba inglés, encontré respuesta en un vendedor de revistas que me indicó con más señas que palabras donde sacar mi ticket a Assuán. 
Desde sudamérica parece
hasta muy fácil.
A todo esto, a mi alrededor se agolpaban todo tipo de personajes, algunos traían ante mí sensacionales ofertas como papiros, limpia inodoros, pulseras, relojes, adornos en forma de esfinges, pirámides y, por supuesto, alguna que otra piedra tallada asegurando su autenticidad y valor histórico. Todos, gritando el precio en inglés para que yo no tenga duda del gran negocio y para tapar los gritos de la competencia. Muchos otros veían en mí a un posible benefactor ya que me pedían plata, el reloj o la cámara de fotos como canje o donativo y, lógicamente, los curiosos que se sumaban a la amansadora que me rodeaba para ver como decía yo que no y buscaba la ventanilla indicada. Sin dudas no era una situación ideal ya que, sumado al calor, la muchedumbre y a que todos me hablaban en su lengua nativa o en algún tipo de inglés de interpretación local que de diez palabras entendía solo una, yo seguía sin encontrar en dónde sacar mi boleto a Aswan. 
Aswan? No comprender.
El que sigue.
Después de un rato de descifrar los símbolos en las paredes, encontré los que eran correspondientes a la boletería numero 17 (parece fácil ahora, pero con los números en árabe la cosa se complica). Luego de esperar en una fila con mucha gente y en la cual había que defender el lugar con cuerpo y alma ya que, sin ningún problema, todos los que llegaban intentaban religiosamente de evitar la cola sin tener que esperar, poniéndose delante de la ventanilla y empujando al que cuidaba un lugar generando un griterío y un forcejeo constante. Este trámite duró dos horas. La cola era de más o menos cuarenta metros. En el medio de todo ese caos y para que el cajero me entendiera hacia dónde quería ir, pasó media hora más. En esos minutos con el vendedor frente a mí y una importante cantidad de personas que se ponían cada vez más molestas por la espera que yo les ocasionaba, tuve que aprender a decir Assuán en árabe, ya que parece que mi pronunciación no tenía nada que ver con la real. Costó pero al fin me fui feliz con mi boleto en la mano.
- Jeje, parientes en Sudán?
- Eh?
Saliendo de la estación completamente transpirado y cansado como después de un recital de AC/DC, con sudor propio y ajeno, pero con la satisfacción del deber cumplido, caminé hacia un puestito dentro de la estación a tomarme un dulce y fresco jugo de naranja, muy comunes en Egipto. El vendedor, que hablaba un poco de inglés, me pidió ver el ticket y con una sonrisa sarcástica me dijo que me habían vendido un boleto a cualquier lado menos a Aswan. En ese momento yo creía que me largaba a llorar y le reventaba el carrito a patadas. Pero cuando logré calmarme tomé de buda toda la paciencia del mundo y me fui a golpear la puerta de la oficina en la que estaban los vendedores y traté de explicarles mi situación.
Ellos no me entendían una palabra y veían mi angustia, entonces me hicieron pasar y me dieron un té. Era una pieza de cuatro metros por cuatro donde había un ventilador que apenas movía las aletas, realmente pasaba desapercibido, hacía más calor dentro que afuera de esa habitación. Si le sumamos el té bien caliente, me sentía totalmente agobiado, pero no podía dejar pasar tanta cortesía y mi única oportunidad de sacar el ticket. Una mesa con una caja registradora del año cincuenta que no paraba de funcionar, dos o tres sillas y dos banquetas enfrentadas a las ventanillas de la pared donde se agrupaba la gente. Las paredes limpias aunque ya el color blanco original de la parte de arriba era amarillo y el amarillo de la parte de abajo naranja, ambas se empezaban a descascarar, carteles incomprensibles, alguna bandera egipcia y un mapa del país tapaban un poco las intrigantes manchas de humedad. Me acompañaban en la habitación más o menos seis personas. Nos sentamos con el que parecía el jefe y, después de un buen rato y mapa de por medio, llegué a Aswan.
Y como siempre pasa, al día siguiente antes de ir a tomar mi tren, salí un rato a caminar por el Cairo y en alguna calle logré ver  un letrero en perfecto ingles que anunciaba la venta de pasajes oficiales en tren a cualquier lugar de Egipto. No solo no necesitaba hacer cola sino que también en ese local había aire acondicionado.

Ramón Herrera

jueves, 31 de mayo de 2012

Trip Tour: el sonido del Nilo



Si bien hay muchos ríos famosos en el mundo, el Amazonas y el Nilo son, tal vez, los más conocidos. Más allá de ser el más largo del mundo, el Nilo cuenta con una carga histórica milenaria compartida y generada por pueblos, faraones, ejércitos, pirámides y templos.
Desde su nacimiento en Sudan, pasando por Zaire para encontrar el Mediterráneo en Egipto, el río recorre 6680 kilómetros. Fue y es determinante para estos países, marcando las cosechas, generando y quitando vida según la intensidad de las inundaciones o sequías. 
Abu Simbel, un faraón careta
Hoy, y desde hace ya treinta años por lo menos en Egipto el río cambió. La represa de Assuán y las grandes obras, sobretodo en la zona del delta, modificaron no solo las costumbres milenarias sino también la flora y fauna, haciendo desaparecer especies y condenando a otras a adaptarse a las nuevas condiciones planteadas por el hombre. Los cambios también llegaron a los refugios de los faraones y moradas de los dioses, ya que templos como el famoso Abu Simbel entre otros tuvieron que ser “desarmados” y vueltos a armar a kilómetros de distancia, lejos de las nuevas aguas del ahora ordenado Nilo.
Actualmente, existen muchas formas de navegarlo, ya sea en los tantos cruceros atestados de turistas y lujos, en las lanchas rápidas, en los grandes ferrys que cruzan infinitamente de costa a costa personas, autos, camellos y la gran cantidad de cosas que siempre se necesitan del otro lado del río, remando o por las antiguas Falucas.
Estas últimas, tal vez sean las embarcaciones más viejas que han navegado al Nilo. Este velero, aparece en murales de templos y en ruinas arqueológicas que descubren sus mas de 4500 años. Por ser una forma económica y práctica de moverse dentro del río para los pescadores y comerciantes, sumado a la demanda del turismo para dar algún paseo de horas o días en busca de templos o pueblitos no tan populares por el turismo (casi imposible), es muy probable que este tipo de velero siga vigente por mucho tiempo más. 
Faluca clase turista
Los paseos o viajes en faluca empiezan a la hora de elegir el velero, que en realidad son todos mas o menos iguales salvo por el tiempo que llevan en el agua y negociar con el capitán el precio del viaje. La discusión durará un buen rato e incluirá idas y vueltas, enojos y algún paseo corto para comprobar la supuesta calidad de la embarcación. Una vez terminada esta etapa, se conviene una fecha con el capitán para partir en un viaje de tres días, desde Assuán a Edfu generalmente, que en muchos momentos llevará a los cinco o seis tripulantes a sentirse como los antiguos navegantes del Nilo.
La faluca no tiene camarotes ni espacios cubiertos. Las lluvias son pocas y el sol puro, violento, hace que los mediodías la embarcación se detenga para escapar de los rayos de Ra y preparar algo de comida en la orilla, bajo algún grupo de palmeras que, muchas veces, hacen de límite entre el río y el desierto. Las tardes se pasan entre ruinas, pueblos y cruceros que levantan un oleaje que inquieta un poco a la pequeña embarcación y a sus tripulantes, que más de una vez terminan salpicados.
Monumentos a orillas del Nilo
Hoy en Egipto se puede decir que todos los sitios arqueológicos que flanquean el Nilo son masivamente visitados día a día, unos mas que otros, y son los otros en los que paran estos veleros para que los pocos tripulantes puedan disfrutarlos junto con la brisa del río, la atenta mirada de algún guardia y las imágenes de dioses y faraones esculpidos en la piedra.
Los pueblitos son secos. Se los ve golpeados más por el imponente desierto que por las aguas del río, las pequeñas viviendas irregulares, áridas y primarias que tienden al amarillo que las rodea. Por dentro, sus pisos de tierra y la falta de ventanas en alguno de los ambientes, se mezclan con las trabajadas y coloridas alfombras, el olor a comida y los gritos de los chicos que corren saliendo y entrando golpeando las puertas de pesada madera. Estas casas son, a su vez, las encargadas de los movimientos zigzagueantes de los corredores que hacen de calles y veredas. Cuando el velero llega, todos los chicos del pueblo se acercan a pedir caramelos o alguna moneda. Los no tan chicos, en cambio, irán también hacia los turistas a ofrecer papiros, artesanías, algún producto de comida casero o gaseosas frescas y galletitas.
Pueblos secos del Nilo
El tiempo pasa y los negocios están terminados. Ahí se podrá recorrer el pueblo. Tal vez en la caminata se pueda descubrir alguna mezquita escondida o tener la suerte de ser invitado a tomar un té dentro de estas casas que, seguramente, no han cambiado tanto en los últimos miles de años. Otra posibilidad es la de jugar al backgammon en la puerta de un bar donde se multiplican los tableros sobre mesitas de hierro despintadas y repletas de curiosos.
Por las noches, ya en tierra nuevamente, el capitán prepara algún guiso muy picante en el mismo fuego que acompañará al grupo durante largas charlas con té y seguramente alguna canción. Para terminar el día, al dormir a la intemperie (en el velero), las estrellas y la luna toman el protagonismo y regalan un espectáculo fantástico, la falta de polución y el estar alejado de las luces de ciudades o pueblos, transforman la noche en un paisaje profundo, ideal, lleno de recuerdos, historias y sentimientos. El sonido del Nilo va desapareciendo por el sueño hasta la mañana siguiente que nuevamente Ra indique la hora de seguir navegando.
Realizar este mismo viaje desde algún crucero o lancha a motor, seguramente tendrá otras vivencias sobre el mismo cielo, río, dioses y estrellas. Pero mas allá de la embarcación, el Nilo es tan grande por todo lo que significa que a cada persona que lo navegue sentirá  algo distinto, algo único, algo que el Nilo tiene solo preparado para cada uno.


Ramón Herrera



jueves, 10 de mayo de 2012

Trip Tour: llegar de noche a una capital es inolvidable (... mente aterrador)

Egipto es uno de los países mas sorprendentes que visité. Me costo mucho al principio, pero según pasaban los días me atraía, me seducía, sacaba de mí toda mi energía, me hipnotizaba con sus costumbres y por supuesto con su historia.
En el aeropuerto de Madrid antes de salir había leído que terroristas habían secuestrado a tres alemanes y baleado un tren cerca de Assuán y que, coincidentemente, habían matado a una turista argentina.
Llegué al aeropuerto de El Cairo a las dos de la mañana, con mi pesada mochila, cansancio y la verdad que un poco de miedo. Tenía veinte recién cumplidos. Después de los trámites básicos de aduana, diría mínimos, solo sellaron el pasaporte, no me revisaron ni miraron nada, solo me preguntaron por Maradona cuando vieron que era argentino. De las pocas personas que había yo solo veía algunas caras con miradas profundas, oscuras y quebradas por el sol que apenas se escapaban entre los pliegues de los pañuelos cuadriculados rojo y blancos o negros y blancos. La gente del vuelo con la que había hablado estaba toda en algún tour, yo no sabia dónde iba a dormir esa noche.
Rolando Rivas and egypcian friend.
Después de un rato, al ver que el aeropuerto estaba prácticamente vacío y que no había muy buen ambiente para pasar la noche, hablé a un hotel que más tarde me mando un taxi a buscarme. El viaje al centro del Cairo fue uno de los mas tensos que tuve. El taxista no hablaba mucho inglés y pretendía que yo entienda árabe con el solo hecho de hablarme prácticamente a los gritos, a todo esto hacia ya mas de una hora que había salido del aeropuerto y no tenia ni la más remota idea de a dónde me estaba llevando ese personaje, que me repetía palabras, gesticulaba, se reía. En un momento hasta me empezó a mostrarme los muchos e indescifrables tatuajes que tenia en los brazos. Todo esto yendo muy rápido y por supuesto pasando todos los semáforos en rojo.
El Cairo de noche, che.
Las mezquitas iluminadas que miraba de reojo pasaban muy rápido. En la calle no se veía a nadie. De tanto en tanto, pasaba carteles en árabe que no me daban ninguna referencia de dónde estaba ni hacia dónde iba. Desde una especie de circunvalación bajamos a cortadas oscuras y desordenadas que se mostraban a la vuelta de cada esquina aportando más datos a mi confusión, acá soy boleta, pensaba. En una de éstas por fin llegamos al hotel en el que me esperaban. Cuando bajé del auto no se qué se habrán dicho el chofer y el recepcionista porque no paraban de reírse, hoy estoy seguro que era por la cara de miedo que tenia.
Una vez en la habitación, me fui a bañar para relajarme un poco. Me metí en la ducha, recuerdo que me enjabone bien la cabeza y como por arte de magia se corto el agua. No lo podía creer, me saqué el jabón como pude y ya sin fuerzas me tiré en la cama con los pelos duros. Tenía de todo menos sueño. Pensé en leer pero no, así que prendí el televisor para distraerme y, para mi sorpresa, en todos los canales se veía una placa escrita en árabe y se escuchaba una voz lineal, profunda, penetrante, con mínimas oscilaciones y muy pocas pausas, que sumó a mi estado un poco más de nerviosismo. Apagué el televisor, prendí la radio y lo mismo, ahí me di cuenta que lo que estaba escuchando era el Corán, ya que se lo seguía escuchando por los innumerables parlantes que hay en los miles de minaretes del Cairo. El sonido entraba a la habitación y hacia ya definitivamente imposible que me durmiera.
El Nilo.
Al mediodía las cosas se empezaron a acomodar, me cambié del hotel tres estrellas a un albergue para estudiantes egipcios con desayuno y habitaciones para seis u ocho personas, baño compartido y agua caliente de tres a cuatro de la tarde. Quedaba medio lejos del centro, pero daba al Nilo, y eso hacía muy fácil mi ubicación dentro de la ciudad.
Una vez instalado, empecé el recorrido por el Cairo, laberíntico, inquietante, ruidoso, caótico. La insistencia de los vendedores fue lo primero a lo que me tuve que adaptar hasta salir de las áreas turísticas. Después, todo cambió. De a poco la gente ya no se ocupaba de mí. Caminé hacia ningún lado, me perdí, seguí a la esquina que más me atraía, me internaba en pequeños pasajes que me llevaban a ningún lado, mercados callejeros infectados de gente, gritos y olores pasaban junto con las horas. Las calles se transformaban en pasajes de un metro que morían en patios internos tomados por los más chicos, de ahí a algún baldío con intenciones de plaza, y de ahí a las más fascinantes mezquitas.
Mezquitas en medio de la ciudad
Más tarde, ya acostumbrado al tránsito desprolijo y ruidoso (desde camellos a camiones), decidí regresar. Había caminado ya demasiado y tenia mucho hambre. De camino compré pan y un poco de queso, llegué al Nilo de nuevo y despacito volví mirando la otra costa ya iluminada, lista para recibir la noche. Los minaretes salpicados con bombitas de colores se mezclaban con las primeras estrellas. Ya no había vendedores, la ciudad, como cualquier otra a esta hora, se estaba tranquilizando, hacia frío.
En el albergue y con una taza de té, mirando el Nilo, me di cuenta que no me iba a ser fácil dejar Egipto, me sentía contento de estar ahí, de lo que había vivido en solo un día y todavía sin saber lo que vendría después. Me esperaban los museos, los templos, las pirámides, las tumbas, las folucas por el Nilo, las comidas picantes, los paseos en camello por el desierto, las casas de té, los partidos de baggamonn en la calle con los vecinos, nadar en el Nilo, el canal de Suez, las noches más estrelladas de las que me podía imaginar, los viajes en tren, los atardeceres en el desierto, los obeliscos, Tutancamon, Ramses II. Todo, y más de lo que me acuerdo ahora para contar, estaba ahí listo para que yo a la mañana siguiente lo empiece a descubrir.

Ramón Herrera

Una canción ideal para entender  la sensación de miedo que se siente mientras viajas en taxi al llegar a El Cairo a las 2 de la mañana,  puede ser Kids, de MGMT. Hay que ver el buenísimo video que está más abajo.